Volver a Babilonio – F. Scott Fitzgerald

-¿Y dónde está el señor Campbell? -preguntó Charlie.
-Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está bastante enfermo, señor Wales.
-Lo lamento. ¿Y George Hardt? -preguntó Charlie.
-Ha vuelto a Estados Unidos, a trabajar.
-¿Y dónde está el Pájaro de las Nieves?
-Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.
     Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su libreta y arrancó la página.
-Si ve al señor Schaeffer, dele esto -dijo-. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo hotel.  
     La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el silencio en el bar del hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar norteamericano: Charlie lo encontraba demasiado encopetado; ya no se sentía allí como en su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en que se bajó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una actividad frenética, charlando con un «chasseur» junto a la puerta de servicio.
     En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto, en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que le dio toda la información.
-Bueno, ya está bien -dijo Charlie-, voy a tomarme las cosas con calma.
Alix lo felicitó:
-Hace un par de años iba a toda velocidad.
-Todavía aguanto perfectamente -aseguró Charlie- Llevo aguantando un año y medio.
-¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?
-Llevo meses sin ir a Estados Unidos. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par de firmas. Allí no me conocen.
Alix sonrió.
-¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? -dijo Charlie-. Por cierto, ¿qué ha sido de Claude Fessenden?
Alix bajó la voz, confidencial:
-Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario, también las cenas de más de un año. Y cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un cheque sin fondos.
Alix movió la cabeza con aire triste.
-No lo entiendo; era un verdadero dandi. Y ahora está hinchado, abotargado… -dibujó con las manos una gorda manzana.
Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.
«Nada les afecta», pensó. «Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero ésos siguen como siempre».
El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix por el trago.
-¿Estará aquí mucho tiempo, señor Wales?
-Cuatro o cinco días, para ver a mi hija.
-¡Ah! ¿Tiene una hija?
     En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma, fulguraban turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las calles. Los «bistros» relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomó un taxi. La Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.
     Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de l’Opera, que quedaba fuera de su camino. Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lent, eran las trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeño burgués del restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato: una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón deseó haberlo hecho.
     Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo imprevisto, pensaba: «Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo».
     Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rue Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla de nueve años que gritó: «¡Papaíto!», y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.
-Mi cielo -dijo Charlie.
-¡Papíto, papito, papito, papito, papi, papi, papi!
     La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.
     La habitación era cálida, agradablemente norteamericana. Los tres niños se sentían cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en brazos la muñeca que él le había traído.
-La verdad es que perfectamente -dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln-. Hay cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de Estados Unidos para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando tenía dinero. Ya sabes, los checos…
     Alardeaba con un propósito específico; pero, un momento después, al adivinar cierta impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:
-Ustedes tienen unos niños estupendos, muy bien educados.
-Honoria también es una niña estupenda.
     Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro tiempo había poseído una belleza fresca, norteamericana. Charlie nunca había sido sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.
-¿Cómo has encontrado a Honoria? -preguntó Marion.
-Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños tienen muy buen aspecto.
-Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?
-Me extraña mucho que haya tan pocos norteamericanos.
-Yo estoy encantada -dijo Marion con vehemencia-. Ahora por lo menos puedes entrar en las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.
-Pero, mientras duró, fue estupendo -dijo Charlie-. Éramos una especie de realeza, casi infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar -titubeó, al darse cuenta de su error-, no había nadie, nadie conocido.
Marion lo miró fijamente.
-Creía que ya habías tenido bares de sobra.
-Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.
-¿No quieres un coctel antes de la cena? -preguntó Lincoln.
-Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.
-Espero que te dure -dijo Marion.
     La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París.
     Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se estropeaba.
     Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate.
     Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre, subiendo por Rue Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarés, y había cocottes que trabajaban la calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde había dejado tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos de encuentros e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître d’hòtel se le echó encima, gritando:
-¡Está empezando ahora mismo, señor!
Pero Charlie se apartó inmediatamente.
«Tendría que estar como una cuba», pensó.
     El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores reinaba la oscuridad; en la Rue Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés. La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto.
     Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la disipación había sido reducida a una escala absolutamente infantil, y de repente Charlie entendió el significado de la palabra «disipado»: disiparse en el aire; hacer que algo se convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse con mayor lentitud.
     Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un taxi.
Pero no había sido a cambio de nada.
     Aquellos billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont.
     A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para volver al hotel.
II
     Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos nublados y confusos.
-¿No quieres vegetales? ¿No deberías comer un poco de vegetales?
-Sí, sí.
-Hay épinards y chou-fleur, zanahorias y haricots.
-Quiero chou-fleur.
-¿No preferirías dos vegetales?
-Normalmente sólo almuerzo uno.
-El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.
-Qu’elle est mignonne la petite! Elle parle exactement comme une française.
-¿Y de postre? ¿Esperamos?
El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.
-¿Qué vamos a hacer hoy?
-Primero iremos a la juguetería de la Rue Saint-Honoré y compraremos lo que quieras. Luego iremos al vodevil, en el Empire.
La niña titubeó.
-Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.
-¿Por qué no?
-Porque ya me has traído esta muñeca -se había llevado la muñeca al restaurante-. Y ya tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?
-Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.
-Muy bien -asintió la niña, resignada.
     Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.
-Me gustaría conocerte -dijo con gravedad-. Permítame primero que me presente. Soy Charles J. Wales, de Praga.
-¡Oh, papi! -no podía aguantar la risa.
-¿Y quién es usted, si es tan amable? -continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:
-Honoria Wales, Rue Palatine, París.
-¿Casada o soltera?
-No, no estoy casada. Soltera.
Charlie señaló la muñeca.
-Pero, madame, tiene usted una hija.
No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una respuesta:
-Estuve casada, pero mi marido murió.
Charlie se apresuró a continuar:
-¿Cómo se llama la niña?
-Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.
-Este mes he sido la tercera de la clase -alardeó-. Elsie -era su prima- sólo es la dieciocho y Richard casi es el último de la clase.
-Quieres a Richard y a Elsie, ¿verdad?
-Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.
Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:
-¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?
-Ah, creo que a tío Lincoln.
     Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había acompañado un murmullo: «…adorable», y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un ser que no tuviera más conciencia que una flor.
-¿Por qué no vivo contigo? -preguntó Honoria de repente-. ¿Por qué mamá ha muerto?
-Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte tan bien.
-La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.
A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.
-¡Pero si es el amigo Wales!
-¡Hombre! Lorraine… Dunc…
     Eran fantasmas que surgían del pasado: Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad. Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida rubia de treinta años; una más de la pandilla que lo había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.
-Mi marido no ha podido venir este año -dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie-. Somos más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las arregle como pueda… ¿Es tu hija?
-¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? -preguntó Duncan.
-No puedo.
     Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.
-¿Y si quedamos para cenar? -preguntó Lorraine.
-Tengo una cita. Dame tu dirección y te llamaré.
-Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio -dijo Lorraine solemnemente-. Estoy segura de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está sobrio.
Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.
-¿Cuál es tu direccion? -preguntó Dunc, escéptico.
Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.
-Todavía no tengo dirección fija. Ya los llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.
-¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer -dijo Lorraine-. Tengo ganas de ver payasos, acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.
-Antes tenemos que hacer un recado -dijo Charlie-. A lo mejor nos vemos en el teatro.
-Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob… Adiós, guapísima.
-Adiós.
Honoria, muy educada, hizo una reverencia.
Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida querían alimentarse de su fortaleza.
     En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente. Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo.
En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba una orquesta.
-¿Tomamos una copa?
-Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.
-El padre perfecto.
     Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría mirando. Se encontraron sus miradas y Honoria sonrió.
-Está buena la limonada -dijo.
¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para que su cabeza descansara en su pecho.
-¿Querida, algunas veces recuerdas de tu madre?
-A veces -contestó vagamente.
-No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?
-Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?
-Porque te quería mucho.
-Yo también la quería.
Callaron un momento.
-Papá, quiero vivir cotigo -dijo de pronto.
A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.
-¿Es que no estás contenta?
-Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?, ahora que mamá ha muerto.
-Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste un papá.
-Sí, es verdad -asintió, muy tranquila.
Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo que debía decirles.
-Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.
-Muy bien. Adiós, papi, papi, papi, papi.
     Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a la noche un beso con la punta de los dedos.
III
     Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:
-Me figuro que saben por qué he venido a verlos, por qué he venido a París.
Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.
-Tengo verdaderas ganas de tener una casa -continuó-. Y tengo verdaderas ganas de que Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, se hayan ocupado de Honoria, pero las cosas han cambiado… -titubeó y continuó con mayor decisión-, han cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pedirles que reconsideren el asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato…
Marion lo miraba con dureza.
-…pero todo eso se ha acabado. Como les he dicho, hace un año que sólo bebo una copa al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entienden?
-No -dijo Marion sucintamente.
-Es una especie de truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.
-Te entiendo -dijo Lincoln- No quieres admitir que el alcohol te atrae.
-Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Ustedes saben que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de cuidarla y… Bueno, ya les he dicho todo. ¿Qué piensan?
Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil, pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.
«Domínate», se decía a sí mismo. «Quieres a Honoria».
Lincoln fue el primero en responderle:
-Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema…
Marion lo interrumpió súbitamente.
-¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? -preguntó.
-Espero que siempre.
-¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?
-Saben que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con…
-Por favor, no metas a Helen en esto. No soporto que hables de ella así.
Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.
-Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que… me derrumbé.
-Demasiado tiempo.
-Demasiado tiempo -asintió.
-Lo hago sólo por Helen -dijo Marion-. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No puedo evitarlo. Era mi hermana.
-Ya lo sé.
-Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.
Charlie no respondió.
-Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los huesos y tiritando, y me dijo que habían echado la llave y no la habías dejado entrar.
Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo dijo:
-La noche en que le cerré la puerta…
Y Marion lo interrumpió:
-No pienso volver a hablar de eso.
Tras un momento de silencio Lincoln dijo:
-Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.
-No culpo a Marion -dijo Charlie despacio-, pero creo que puede tener absoluta confianza en mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de Honoria y la oportunidad de tener un hogar. -Negó con la cabeza-. Perdería a Honoria, ni más ni menos, ¿no se dan cuenta?
-Sí, te entiendo -dijo Lincoln.
-¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? -preguntó Marion.
-Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, y no me podía mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen. Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, me va malditamente bien, así que…
-Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.
     La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio cuenta de lo absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo le molestaba la palabra «malditamente».
-Otra cosa -dijo Charlie-: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo…
     Dejó de hablar: se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos.
-Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros -dijo Marion-. Cuando te dedicabas a tirar el dinero, nosotros vivíamos contando cada moneda de diez francos… Y supongo que volverás a hacer lo mismo.
-No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.
     Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería que él tuviera a su hija.
     De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero había vivido mucho tiempo con un prejuicio: un prejuicio basado en una extraña desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un período de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas, necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.
-Me es imposible pensar de otra manera -exclamó de repente-. No sé hasta qué punto eres responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia conciencia.
Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un instante más.
-Ya está bien -dijo Lincoln, incómodo-. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.
-Helen murió de una enfermedad cardiaca -dijo Charlie, sin fuerzas.
-Sí, una enfermedad cardiaca -dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro significado.
     Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró la toalla.
-Haz lo que te parezca -exclamó levantándose de pronto-. Es tu hija. No soy nadie para interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla… -consiguió frenarse-. Decídanlo ustedes. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.
Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:
-Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es… -parecía pedir excusas-: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza…
-Claro.
-Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.
-Gracias, Lincoln.
-Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.
-Me voy ya.
     Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rue Bonaparte hasta el Sena lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas. Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho, histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo hubiera podido imaginar que ella llegaría una hora más tarde, sola, y que caería una nevada, y que Helen vagabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias: que Helen se recuperara milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del martirio de su hermana, nunca lo olvidó.
     Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en cuanto al asunto de Honoria y que quería que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien. Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír con claridad lo que Helen decía.
IV
     Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había hecho con Helen. Ella no había planeado morir. Lo importante era el presente: el trabajo, alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues conocía el daño que un padre puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado: más tarde, ya en el mundo, el hijo buscaría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se rebelaría contra el amor y la vida.
     Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde trabajaba y le preguntó si Honoria podría acompañar lo cuando regresara a Praga. Lincoln estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una cuestión: el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiempo. Estaba muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tranquila si supiera que la situación seguía bajo su control un año mas. Charlie aceptó: lo único que quería era a la niña, tangible y visible.
     También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia sombría hablando con una bearnesa malhumorada y con una campesina bretona regordeta, a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al día siguiente.
Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.
-No hay nada comparable a un hijo -dijo Lincoln-. Pero tú comprendes cómo se siente Marion.
-Ya no recuerda de todo lo que trabajé durante siete años en Estados Unidos -dijo Charlie-. Sólo recuerda una noche.
-Eso es distinto -titubeó Lincoln-. Mientras tú y Helen derrochaban dinero por toda Europa, nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado lo suficiente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba que aquello era una especie de injusticia… Tú ni siquiera trabajabas entonces y cada vez eras más rico.
-El dinero se fue tan rápido como vino -dijo Charlie.
-Sí, y mucho fue a parar a manos de los «chasseurs» y los saxofonistas y los maitres d’hotel… Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis, antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún problema.
     De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le habían enviado desde el bar del Ritz, donde Charlie había dejado su dirección para un antiguo amigo.
Querido Charlie:
     Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera disparatada, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando usabas bombín y bastón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz.
Siempre tuya,
Lorraine
     La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad madura, una bicicleta de reparto para pedalear, con Lorraine a bordo, por la plaza de L’Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero sí el incidente de la bicicleta: era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o meses de disipación habían sido necesarios para llegar a ese punto de absoluta irresponsabilidad?
     Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces: muy atractiva; a Helen le molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le había parecido vulgar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella, y darle los buenos días y saber que pasaba la noche en casa y respiraba en la oscuridad.
     A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Peters: una graciosa muñeca de trapo, una caja de soldados romanos, flores para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln.
     Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña procuraba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.
     Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se atrevió a decirle:
-Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el dolor ni las heridas: son más bien como llagas que no se curan porque les falta tejido para hacerlo. Me gustaría que tú y yo nos lleváramos mejor.
-Es difícil olvidar ciertas cosas -contestó Marion-. Es cuestión de confianza -Charlie no contestó y Marion preguntó entonces-: ¿Cuándo piensas llevártela?
-Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.
-No, es imposible. Tengo que preparar sus cosas. Antes del sábado es imposible.
Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.
-Bueno, me tomaré mi whisky diario.
     Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era, después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasiado condicionados por la vida y las circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina del banco.
     Sonó un largo timbrazo: llamaban a la puerta. La bonne a tout faire atravesó la habitación y desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, seguida de cerca por voces que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.
     Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto: no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.
-Ajá -Duncan agitaba el dedo pícaramente en dirección a Charlie-. Ajá.
     Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer, Charlie les estrechó la mano rápidamente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacía la chimenea; su hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.
     Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una explicación. Y, después de pensar las palabras un momento, Duncan dijo:
-Hemos venido a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que ya está bien de rodeos y secretitos sobre dónde te alojas.
Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos hacia el pasillo.
-Lo siento, pero no puedo. Díganme dónde van a estar y los llamaré por teléfono dentro de media hora.
No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda su atención en Richard, exclamó:
-¡Que niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!
Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y volvió a dirigirse a Charlie:
-Ven a cenar. Estoy segura de que tus primos no se molestarán. Te veo tan solem… tan solemne.
-No puedo -respondió Charlie, cortante-. Cenen ustedes, ya los llamaré por teléfono.
La voz de Lorraine se volvió desagradable:
-Bien, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vámonos, Dunc.
Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irritados, con pasos titubeantes, se adentraron en el pasillo.
-Buenas noches -dijo Charlie.
-¡Buenas noches! -respondió Lorraine con énfasis.
Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo por el hombro de su hijo. Lincoln seguía meciendo a Honoria de acá para allá, como un péndulo.
-¡Que poca vergüenza! -estalló Charlie-. ¡No hay derecho!
     Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a dejarlo y dijo:
-Gente a la que no veo desde hace dos años y tienen la increíble desfachatez de…
Se interrumpió. Marion había dejado escapar un «Ya», una especie de suspiro sofocado, rabioso; le había dado de repente la espalda y había salido del salón.
Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.
-Niños, vayan a comer. Empiecen a tomarse la sopa -dijo, y, cuando los niños obedecieron, se dirigió a Charlie-: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la hace sentirse físicamente mal.
-Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado el nombre y la dirección de ustedes. Deliberadamente han…
-Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.
     Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado: hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el murmullo de una conversación en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser descolgado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.
Lincoln volvió casi inmediatamente.
-Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Marion no se encuentra bien.
-¿Se ha disgustado conmigo?
-Más o menos -dijo Lincoln, casi con malos modos-. No es fuerte y…
-¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?
-Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.
-Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.
-Ahora no le puedo explicar nada.
Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del comedor y dijo con una voz rara:
-Buenas noches, niños.
Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.
-Buenas noches, corazón -dijo, ensimismado, y luego, intentando poner más ternura en la voz, intentando arreglar algo, añadió-: Buenas noches, queridos niños.
V
     Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea furibunda de encontrarse con Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso, nada podía hacer. No había tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.
-Todo ha cambiado mucho -dijo con tristeza-. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a Estados Unidos lo perdieron todo, si no en el primer hundimiento de la Bolsa, en el segundo. He oído que su amigo George Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a Estados Unidos?
-No, trabajo en Praga.
-Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.
-Sí -asintió con amargura-, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.
-¿Vendiendo a la baja?
-Más o menos.
     El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla: la gente que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de pronunciar una frase coherente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas que habían sido sacadas a rastras de los establecimientos públicos, gritando, borrachas o drogadas…
     Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario.
     Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.
-Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabeza. ¿Ha dicho Marion algo?
-Marion está enferma -respondió Lincoln, cortante-. Ya sé que tú no tienes toda la culpa, pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.
-Ya.
-Lo siento, Charlie.
     Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos regalos; al día siguiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero: le había dado dinero a tanta gente…
-No, se acabó -dijo a otro camarero-. ¿Cuánto es?
     Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven, lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

Parábola del trueque – Juan José Arreola

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.
Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.
Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.
No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.
Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.
Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.
-¡No me tengas lástima!
Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:
-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.
Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.
El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.
Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.
Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.
Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

Pase nocturno – Rubem Fonseca

Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en el dormitorio de ella practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín? Preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada, nosotros teníamos una cuenta bancaria conjunta.

¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear de auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase mi auto. Saqué el auto de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que el corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevando un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella sólo se dio cuenta que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Di en la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Pasé orgullosamente la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.

La familia estaba viendo la televisión. ¿Ya dio su paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenos noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.

Paseo Nocturno, título original “Passeio Noturno” de Rubem Fonseca, antologado en Os Melhores Contos Brasileiros de 1973 (Porto Alegre, Globo, 1974).

Traducción de Paula Vera.

Corazones Solitarios

Trabajaba yo en un diario popular, como reportero de la sección Policiales. Hacía mucho tiempo que no sucedía en la ciudad un crimen interesante, involucrando a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.

– Crímenes así, ni en Roma, París o Nueva Cork -decía el editor del diario-, estamos en una mala época. Pero ya vendrán. La cosa es cíclica; cuando menos se lo espera, estalla una de aquellos escándalos que dan material para un año. Está todo podrido, a punto. Sólo hay que saber esperar.

Antes del estallido me despidieron.

– Sólo hay pequeños comerciantes que matan al socio, pequeños bandidos que matan a pequeños comerciantes, policías que matan a pequeños bandidos. Cosas pequeñas -le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer…

– Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas -dijo Peçanha…

– Pero fuera de mi área -le dije.

– ¿Ya leíste Mujer? -preguntó Peçanha.

Admití que no. Me gusta más leer libros.

Peçanha sacó una caja de habanos de dentro del cajón y me ofreció uno. Encendimos los habanos. En poco tiempo, el ambiente se volvió irrespirable. Los habanos eran ordinarios, estábamos en verano, con las ventanas cerradas y el aparato de aire acondicionado que no funcionaba bien.

– Mujer no es una de esas publicaciones acarameladas para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de clase C, que come arroz con porotos, y a la que no le importa engordar. Dale un vistazo.

Peçanha me tiró un ejemplar del diario, Formato tabloide, titulares en azul, algunas fotos fuera de foco, fotonovelas, horóscopo, entrevistas con artistas de televisión, corte y confección.

-¿Serías capaz de hacer la sección De Mujer a Mujer, nuestro consultorio sentimental? El tipo que la hacía se fue. De Mujer a Mujer era firmada por una tal Elisa Gabriela. Querida Elísa Gabriela, mi marido llega todas las noches borracho y…

– Creo que puedo – dije.

– Bárbaro. Comienzas hoy. ¿Qué nombre quieres usar?

Pensé un poco.

– Nathanael Lessa.

– ¿Nathanael Lessa? – dijo Peçanha, sorprendido y chocado, como si hubiese dicho una mala palabra u ofendido a su madre. 

– ¿Qué tiene? Es un nombre como cualquier otro. Y estoy rindiendo dos homenajes.

Peçanha pitó el habano, irritado. 

– Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segundo, no es nombre de Clase C. Aquí sólo usamos nombres del agrado de la Clase C, nombres lindos. Tercero, el diario sólo homenajea a quien yo quiero y no conozco a ningún Nathanael Lessa y, finalmente la irritación de Peganha había ido aumentando gradualmente, como si estuviese sacando un cierto provecho de ella- aquí nadie, ni yo mismo, usa seudónimo masculino. ¡Mi nombre es María de Lourdes! Miré otra vez el diario, incluso el equipo editorial. Sólo había nombres de mujer. 

– ¿No crees que un nombre masculino da más credibilidad a las respuestas? Padre, marido, médico, sacerdote, patrón, sólo hay hombres diciendo lo que ellas deben hacer, Nathanael Lessa pega más que Elisa Gabriela. 

– Es eso mismo lo que no quiero. Aquí ellas se sienten dueñas de su nariz, confían en uno, como si fuésemos todas comadres. Estoy hace veinticinco años en este negocio. No me vengas con teorías no comprobadas. Mujer está revolucionando la prensa brasileña, es un diario diferente que no da noticias viejas que pasaron ayer por la televisión.

Estaba tan irritado que no le pregunté qué se proponía Mujer. Más tarde o más temprano me lo diría. Yo sólo quería el empleo. 

Mi primo, Machado Figueiredo, que también tiene veinticinco años de experiencia, en el Banco del Brasil, acostumbra decir que está siempre abierto a teorías no comprobadas. Yo sabía que Mujer debía dinero al banco. Y encima de la mesa de Peçanha había una carta de recomendación de mi primo. Al oír el nombre de mi primo, Peçanha palideció. Dio un mordisco en el habano para controlarse, después cerró la boca, pareciendo que iba a silbar, y sus labios gordos temblaron como si tuviese un grano de pimienta en la lengua. Enseguida apretó los dientes y golpeó con la uña del pulgar en la dentadura sucia de nicotina, mientras me miraba de una manera que debía considerar cargada de significados.

– Podría agregar “dr.” a mi nombre. Dr. Nathanael Lessa. 

-¡Cuernos!, está bien, está bien – masculló Peçanha entre dientes -, comienzas hoy.

Fue así como pasé a formar parte del equipo de Mujer. 

Mi mesa quedaba cerca de la mesa de Sandra Marina, que firmaba la sección Horóscopo. Sandra era también conocida como Marlene Katia, al hacer entrevistas. Era un muchacho pálido, de largos y ralos bigotes, también conocido como João Albergaria Duval. Había egresado hacía poco tiempo de la escuela de comunicaciones y vivía lamentándose, ¿por qué no estudié odontología, por qué? 

Le pregunté si alguien traía las cartas de los lectores a mi mesa. Me dijo que hablase con Jacqueline, en expedición. Jacqueline era un negro grande de dientes muy blancos. 

Queda mal ser el único aquí dentro que no tiene nombre de mujer. Van a pensar que soy marica. ¿Las cartas? No hay ninguna carta. ¿Crees que la mujer de Clase C escribe cartas? Elisa las inventaba todas.

Estimado Dr. Nathanael Lessa: Conseguí una beca de estudios para mi hija de diez años, en una escuela superfina del barrio norte. Todas sus compañeritas van a la peluquería, por lo menos una vez por semana. Nosotros no tenemos dinero para eso, mi marido es chofer de ómnibus de la línea Jacaré-Cajú, pero dice que va a trabajar extra para mandar a Tania Sandra, nuestra hijita, al peluquero. ¿Usted no cree que los hijos merecen todos los sacrificios? Madre Diligente. Villa Kennedy.

Respuesta: Lave la cabeza de su hijita con jabón de coco y rícele el pelo con pedacitos de papel. Queda como de peluquería. De cualquier manera, su hija no nació para ser una muñequita. A decir verdad, la hija de nadie. Agarre el dinero de las extras y compre alguna cosa más útil: comida, por ejemplo. 

Estimado Dr. Nathanael Lessa: Soy bajita, gordita y tímida. Siempre que voy a la feria, al almacén, a la frutería, se burlan de mí. Me engañan en el peso, en el vuelto, el poroto está podrido, la harina de maíz mohosa, cosas así. Yo solía sufrir mucho pero ahora estoy resignada. Dios está con los ojos puestos en ellos y en el Juicio Final las van a pagar. Doméstica Resignada. Peçanha. 

Respuesta: Dios no está con los ojos puestos en nadie. Tú misma eres quien tiene que defenderse. Sugiero que grites, hagas oír tu voz, haz escándalo. ¿No tienes ningún pariente en la policía? 0 si no un bandido amigo, también sirve. Búscale la vuelta, gordita. 

Estimado Dr. Nathanael Lessa: Tengo veinticinco años, soy dactilógrafa y virgen. Encontré a este muchacho que dice que me ama mucho. Trabaja en el Ministerio de Transportes y dice que quiere casarse conmigo, pero que primero quiere probar. ¿Qué piensa? Virgen Loca, Parada de Lucas. Respuesta: Fíjate bien, Virgen Loca, pregúntale qué es lo que va a hacer si no le gusta la experiencia. Si dice que te deja, entrégate, pues es un hombre sincero. No eres grosella ni sopa de verdura para que tengas que ser probada, pero, hombres sinceros quedan pocos, vale la pena intentar. Fe y mantente firme.

Fui a almorzar.

Al regreso Peçanha me mandó a llamar. Estaba con mis trabajos en la mano. 

– Hay algo aquí que no me gusta – dijo. 

– ¿Qué? – pregunté. 

– ¡Ah, Dios mío, la idea que la gente se hace de la Clase C! – exclamó Peçanha, balanceando la cabeza pensativamente, mientras miraba el techo y fruncía la boca -. Quienes gustan ser tratadas con malas palabras y puntapiés son las mujeres de la Clase A. Recuerda a aquel lord inglés que dijo que su éxito con las mujeres se debía a que él trataba a las señoras como putas y a las putas como señoras. 

– Está bien. Entonces, ¿cómo debo tratar a nuestras lectoras? 

– No me vengas con dialéctica. No quiero que las trates como putas. Olvida al lord inglés. Pon alegría, esperanza, tranquilidad y seguridad en las cartas, eso es lo que quiero. 

Dr. Nathanael Lessa: Mi marido murió y me dejó una pensión muy pequeña, pero lo que me preocupa es estar sola, a los cincuenta y cinco años de edad. Pobre, fea, vieja y viviendo lejos, tengo miedo de lo que me espera. Solitaria de Santa Cruz. 

Respuesta: Grabe esto en su corazón, Solitaria de Santa Cruz: ni el dinero, ni la belleza, ni la juventud, ni un barrio fino dan la felicidad. ¿Cuántos jóvenes ricos y bellos se matan o se pierden en los horrores del vicio? La felicidad está dentro de nosotros, en nuestros corazones. Si somos justos y buenos, encontraremos la felicidad. Sea buena, sea justa, ame al prójimo como así misma, sonríale al tesorero del Instituto Nacional de Previsión Social, cuando vaya a cobrar su pensión. 

Al día siguiente, Peçanha me llamó y me preguntó si podía, además, escribir la fotonovela. 

– Nosotros producimos nuestras propias fotonovelas, no es fumeti italiano traducido. Elige un nombre. 

Elegí Clarice Simone, eran otros dos homenajes, pero no dije nada de eso a Peçanha. 

El fotógrafo de las novelas vino a hablar conmigo. 

– Mi nombre es Mónica Tutsi – dijo -, pero puedes llamarme Agnaldo. ¿Estás con la papa lista? 

Papa era la novela. Le expliqué que Peçanha acababa de comunicarme eso y que necesitaba por lo menos dos días para escribir. 

– ¿Días? Ja, ja – se rió, haciendo un ruido de perro grande, ronco y domesticado, que le ladra al dueño. 

– ¿Dónde está la gracia? – pregunté. 

Norma Virginia escribía la novela en quince minutos. Él tenía una fórmula. 

– Yo también tengo una fórmula. Date una vuelta, regresa en quince minutos y tendrás tu novela lista. 

¿Qué es lo que pensaba de mí ese fotógrafo idiota? El hecho de haber sido reportero de policiales no significaba que yo fuese una bestia. Si Norma Virginia o cualquiera fuese su nombre, escribía una novela en quince minutos, yo también lo haría. 

Había leído todos los trágicos griegos, los ibsens, los o neills, los beckets, los chéjovs, los shakespeares, las four hundred best television plays. No tenía más que tomar una idea aquí, otra allí, y listo. 

Un niño rico es robado por los gitanos y lo dan por muerto. El chico crece pensando que es un gitano verdadero. Un día encuentra a una muchacha riquísima y los dos se enamoran. Ella vive en una fastuosa mansión y tiene muchos automóviles. El gitanillo vive en una carreta. Las dos familias no quieren que se casen, Surgen conflictos. Los millonarios mandan a la policía a apresar a los gitanos. Uno de los gitanos es baleado por la policía. Un primo rico de la muchacha es asesinado por los gitanos. Pero el amor de los dos jóvenes enamorados es mayor que todas esas vicisitudes. Resuelven huir, romper con sus familias. En la fuga encuentran a un monje piadoso y sabio que consagra la unión de los dos en un antiguo, pintoresco y romántico convento en medio de un bosque florido. Los dos jóvenes se retiran para la cámara nupcial. Son lindos esbeltos, rubios de ojos azules. Se sacan la ropa – ¡Oh! – dice la chica -, ¿qué es esa cadena de oro con medalla salpicada de brillantes que tienes en el pecho? – ¡Ella tiene una medalla igual! ¡Son hermanos! – ¡Tú eres mi hermano desaparecido! –grita la joven. Los dos se abrazan. (Atención Mónica Tutsi: ¿qué tal un final ambiguo haciendo aparecer en la cara de los dos un éxtasis no fraternal? ¿Eh? Puedo también modificar el final y volverlo más sofocleano: los dos sólo descubren que son hermanos después del hecho consumado; desesperada, la joven salta por la ventana del convento, estrellándose allá abajo.) 

– Me gustó tu historia – dijo Mónica Tutsi. 

– Una pizca de Romeo y Julieta, una cucharadita de Edipo Rey – dije modestamente. 

– Pero no sirve para fotografiar, muchacho. Tengo que hacer todo en dos horas. ¿Dónde voy a conseguir la mansión rica?, ¿los automóviles?, ¿el convento pintoresco?, ¿el bosque florido? 

– ¿Dónde voy a conseguir – continuó Mónica Tutsi como si no me hubiese oído – los dos jóvenes rubios esbeltos de ojos azules? Nuestros artistas son todos medio mulatos. ¿Dónde voy a conseguir la carreta? Haz otra, muchacho. Vuelvo en quince minutos. ¿Y qué es eso de sofocleano? 

Roberto y Betty están comprometidos y van a casarse. Roberto, que es muy trabajador, economizó dinero para comprar un departamento y amueblarlo, con televisión en colores, combinado, heladera, lavarropas, enceradora, licuadora, batidora, máquina de lavar platos, tostadora, plancha automática y secador de cabellos. Betty también trabaja. Ambos son castos. La fecha de casamiento ha sido fijada. Un amigo de Roberto, Tiago, le pregunta: ¿Vas a casarte virgen? Precisas iniciarte en los misterios del sexo. Tiago lleva entonces a Roberto a la casa de la Superputa Betatrón. (Atención Mónica Tutsi, el nombre tiene una pizca de ficción científica.) Cuando Roberto llega verifica que la Superputa es Betty, su noviecita. ¡Oh!, ¡cielos!, sorpresa terrible. Alguien dirá, tal vez el portero: ¡Crecer es sufrir! Fin de la novela. 

– Una palabra vale por mil fotografías – dijo Mónica Tutsi -, a mí me toca siempre la peor parte. Ya vuelvo. 

Dr. Nathanael: Me gusta cocinar. Me gusta mucho también bordar y hacer crochet. Pero por sobre todo me gusta colocarme un vestido largo de baile, pintar mis labios con rouge carmesí, ponerme bastante colorete, pasarme rímel en los ojos. Ah, ¡qué sensación! Es una pena que tenga que quedarme encerrado en mi cuarto. Nadie sabe que me gusta hacer esas cosas. ¿Estoy equivocado? Pedro Redgrave. Tijuca. Respuesta: ¿Equivocado, por qué? ¿Estás haciendo mal a alguien con eso? Tuve ya otro consultante al que le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, productiva y útil a la sociedad, tanto que llegó a ser obrero modelo. Viste tus vestidos largos, pinta tu boca escarlata, pon color en tu vida. 

– Todas las cartas deben ser de mujeres -advirtió Peçanha. 

– Pero ésa es verdadera – dije. 

– No lo creo. 

Le entregué la carta a Peçanha. La miró poniendo cara de tira que examina un billete groseramente falsificado. 

– ¿Crees que sea una broma? – preguntó Peçanha. 

– Puede ser – dije -, y puede no ser. 

Peçanha puso cara de reflexión. Después añadió: 

– Agrega en tu carta una frase animadora, como por ejemplo, escribe siempre. Me senté a la máquina. 

Escribe siempre, Pedro, sé qué ese no es tu nombre, pero no importa, escribe siempre, cuenta conmigo. Nathanael Lessa. 

– Diablos – dijo Mónica Tutsi -, fui a hacer tu dramón y me dijeron que está calcado en un film italiano. 

– Canallas, sucios babosos, sólo porque fui reportero de policiales me llaman plagiario. 

– Calma, Virginia. 

– ¿Virginia? Mi nombre es Clarice Simone – dije -. ¿Qué cosa más idiota es esa de pensar que sólo las novias de los italianos son putas? Pues mira, ya tuve oportunidad de conocer una novia de esas bien serias, era hasta hermana de caridad, y fueron a ver: resultó que también era puta. 

– Está bien muchacho, voy a fotografiar la historia. ¿La Betatrón puede ser mulata? ¿Qué es Betatrón? 

– Tiene que ser pelirroja, pecosa. Betatrón es un aparato para la producción de electrones, dotado de gran potencial energético y alta velocidad, activado por la sección de un campo magnético que varía rápidamente – dije. 

– ¡Diablos! Ese es un nombre de puta – dijo Mónica Tutsi con admiración, retirándose. 

Comprensivo Nathanael Lessa: He usado gloriosamente mis vestidos largos. Y mi boca ha estado roja como la sangre de un tigre y el despertar de la aurora. Estoy pensando en usar un vestido de satén e ir al Teatro Municipal. ¿Qué piensas? Ahora voy a hacerte una maravillosa y gran confidencia, pero quiero que mantengas el mayor secreto sobre mi confesión. ¿Lo juras? No sé si decirlo o no. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los otros. Soy, básicamente, una persona que no perdió su inocencia. La perfidia, la estupidez, el impudor, las canalladas, me chocan mucho. Oh, cómo me gustaría vivir aislada en un mundo utópico hecho de amor y bondad. Mi sensible Nathanael, déjame pensar. Dame tiempo. En la próxima carta te contaré más, todo, tal vez. Pedro Redgrave. 

Respuesta: Pedro. Aguardo tu carta con tus secretos, que prometo guardar en las arcas inviolables de mi recóndita conciencia. Continúa así, enfrentando altanero la envidia y la insidiosa alevosía de los pobres de espíritu. 

Adorna tu cuerpo sediento de sensualidad, ejerciendo los desafíos de tu corajuda mente. 

Peçanha preguntó: 

– ¿Estas cartas también son verdaderas? 

– Las de Pedro Redgrave lo son. 

– Extraño, muy extraño – dijo Peçanha golpeando con las uñas en los dientes -, ¿qué es lo que crees? 

– No creo nada – dije. 

Él parecía estar preocupado por algo. Me hizo preguntas sobre la fotonovela sin interesarse, no obstante, por las respuestas. 

– ¿Qué tal la carta de la cieguita? – pregunté. 

Peçanha agarró la carta de la cieguita y mi respuesta y leyó en voz alta: Querido Nathanael: No puedo leer lo que tú escribes. Mi abuelita adorada me lee todo. Pero no pienses que soy analfabeta. Soy cieguita. Mi querida abuelita está escribiendo la carta por mí, pero las palabras son mías. Quiero enviar una palabra de consuelo a tus lectores, para que ellos, que sufren tanto con pequeñas desgracias, se miren en mi espejo. Soy ciega pero feliz, estoy en paz, con Dios y con mis semejantes. Felicidades para todos. Viva el Brasil y su Pueblo. Cieguita Feliz. Camino del Unicornio. Nueva Iguazú. Posdata: Olvidé decir que también soy paralítica. 

Peçanha encendió un habano. 

– Conmovedor, pero Camino del Unicornio suena a falso. Quedaría mejor que colocaras Camino del Catavento, o algo así. Veamos ahora tu respuesta. Cieguita Feliz, felicitaciones por tu fuerza moral, por tu fe inquebrantable en la felicidad, en el bien, en el pueblo y en el Brasil. Las almas de aquellos que se desesperan en la adversidad deberían nutrirse de tu edificante ejemplo, un haz de luz en las noches de tormenta. 

Peçanha me devolvió los papeles. 

– Tu futuro está en la literatura. Esto es de gran escuela. Aprende, aprende, dedícate, no te desanimes, suda tu camisa. 

Me senté a la máquina: 

Tesio, bancario, vive en la Boca do Mato, en Lins de Vasconcelos; casado en segundas nupcias con Frederica; tiene un hijo, Hipólito, del primer matrimonio, Frederica se enamora de Hipólito. Tesio descubre el amor pecaminoso de los dos. Frederica se ahorca en el árbol de la quinta de la casa. Hipólito pide perdón a su padre, huye de su casa y vaga desesperado por las calles de la ciudad cruel hasta ser atropellado y muerto en la Avenida Brasil. 

– ¿Cuál es el condimento aquí? – preguntó Mónica Tutsi. 

– Eurípides, pecado y muerte. Voy a contarte una cosa: conozco el alma humana y no preciso a ningún griego viejo para inspirarme. Para un hombre de mi inteligencia y sensibilidad basta con mirar a su alrededor. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto ya alguna persona más alerta, más despierta? 

Mónica Tutsi me miró bien a los ojos y dijo: 

– Creo que estás loco. Continué: 

– Cito los clásicos apenas para mostrar mi conocimiento. Como fui reportero de policiales, si no hago eso los cretinos no me respetan. Leí millares de libros. ¿Cuántos libros crees que leyó Peçanha? 

– Ninguno, ¿Frederica puede ser negra? 

– Buena idea. Pero Tesio e Hipólito tienen que ser blancos. 

Nathanael: Amo, un amor prohibido, un amor interdicto, un amor secreto, un amor escondido. Amo a otro hombre. Y él también me ama. Pero no podemos andar por la calle tomados de las manos, como los otros, besarnos en los jardines y en los cines, como los otros, acostarnos abrazados en las arenas de las playas, como los otros, bailar en boites, como los otros. No podemos casarnos, como los otros, y juntos enfrentar la vejez, la enfermedad y la muerte, como los otros. No tengo fuerzas para resistir y luchar, Es mejor morir. Adiós. Esta es mi última carta. Haz rezar una misa en mi memoria. Pedro Redgrave. 

Respuesta: ¡Vamos, Pedro! ¿Vas a renunciar ahora que encontraste el amor? 

Oscar Wilde sufrió como el diablo, fue desmoralizado, ridiculizado, humillado, procesado, condenado, pero aguantó. Si no puedes casarte, júntate. Hagan testamento, uno en favor del otro. -Defiéndanse. Usen la Ley y el Sistema en vuestro beneficio. Sean, como los otros, egoístas, disimulados, implacables, intolerantes e hipócritas. Exploten. Despojen. Es en legítima defensa. Pero, por favor, no hagas ningún gesto alocado. 

Hice llegar a Peçanha la carta y la respuesta. Las cartas sólo eran publicadas con su visto. 

Mónica Tutsi apareció con una muchacha. 

– Esta es Mónica – dijo Mónica Tutsi. 

– Qué coincidencia – dije. 

– Coincidencia, ¿qué cosa? – preguntó Mónica, señalando al fotógrafo. 

– Que tengan el mismo nombre – dije. 

– ¿El se llama Mónica? – preguntó Mónica, señalando al fotógrafo. 

– Mónica Tutsi. ¿También eres Tutsi? 

– No. Mónica Amelia. 

Mónica Amelia se quedó mordiéndose una uña y mirando a Mónica Tutsi. 

– Me dijiste que tu nombre era Agnaldo – dijo. 

– Afuera soy Agnaldo. Aquí dentro soy Mónica Tutsi. 

– Mi nombre es Clarice Simone – dije. 

Mónica Amelia nos observó atentamente, sin entender nada. Veía a dos personas circunspectas, demasiado cansadas para bromas, desinteresadas por el propio nombre. 

– Cuando me case, mi hijo o mi hija se va a llamar Hei Psiu – dije. 

– ¿Es un nombre chino? – preguntó Mónica. 

– O Fiu Fiu – silbé. 

– Te estás volviendo nihilista – dijo Mónica Tutsi, retirándose con la otra Mónica. 

Nathanael: ¿Sabes lo que es que dos personas se gusten? Eso éramos nosotros dos, yo y María. ¿Sabes lo que son dos personas perfectamente sincronizadas? Esas éramos nosotros dos, yo y María. Mi plato preferido es arroz, poroto, coliflor, harina de mandioca y longaniza frita. ¿Imagina cuál era el de María? Arroz, poroto, coliflor, harina de mandioca y longaniza frita. Mi piedra preciosa preferida es el rubí. La de María, lo debes imaginar, era también el rubí. Número de la suerte 7, color el azul, día lunes, filme de far-west, libro El Principito, bebida chop, colchón el Anatom, Club el “Vasco de Gama”, música la samba, pasatiempo el Amor, todo igual entre yo y ella, una maravilla. Lo que nosotros hacíamos en la cama, muchacho, no es por ufanarme, pero si hubiésemos estado en un circo y cobrado entrada, nos volvíamos ricos. En la cama ninguna pareja fue presa de tamaña locura, resplandeciente, capaz de desempeño tan hábil, imaginativa, original, obstinada, esplendorosa y gratificante como la nuestra. Y lo repetíamos varias veces por día. Pero no era sólo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna, continuaría amándote, me decía ella. Si fueras jorobada, no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses sordomudo, continuaría amándote, decía ella. Si fueras bizca no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses barrigón y feo, continuaría amándote, decía ella. Si estuvieses toda marcada de viruela, no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses viejo e impotente, continuaría amándote, decía ella. Y estábamos intercambiando esos juramentos cuando una voluntad de ser verdadero me golpeó hondo como una puñalada y le pregunté: ¿si no tuviese dientes, me amarías? y ella respondió, si no tuvieses dientes continuaría amándote. Entonces me saqué la dentadura y la puse encima de la cama, en un gesto grave, religioso y metafísico. Nos quedamos los dos mirando la dentadura, encima de la sábana, hasta que María se levantó, se colocó el vestido y dijo: voy a comprar cigarrillos. Hasta hoy no volvió. Nathanael, explícame lo que sucedió. ¿El amor acaba de repente? Algunos dientes, míseros pedacitos de marfil, ¿valen tanto? Odontos Silva. 

Cuando iba a responder, apareció Jacqueline y dijo que Peçanha me estaba llamando. 

En la sala de Peçanha había un hombre de anteojos y barba. 

– Este aquí es el Dr. Pontecorvo, que se dedica a… ¿a qué se dedica usted? – preguntó Peçanha. 

– Investigación motivacional – dijo Pontecorvo -. Como le iba contando, nosotros hacemos seguimiento de las características del universo que estamos investigando. Por ejemplo, ¿quién es el lector de Mujer? Vamos a suponer que es la mujer de Clase C. En nuestras pesquisas anteriores ya investigamos todo sobre la mujer de Clase C, dónde compra sus alimentos, cuántas bombachitas tiene, a qué hora hace el amor, a qué hora ve televisión, los programas de televisión que prefiere, en fin, un perfil completo. 

– ¿Cuántas bombachitas tiene? – preguntó Peçanha. 

– Tres – respondió Pontecorvo sin vacilar. 

– ¿A qué hora hacer el amor? 

-A las 21.30 – respondió Pontecorvo rápidamente. 

– Y, ¿cómo hacen ustedes para descubrir todo eso? ¿Llaman a la puerta de Doña Aurora, entran en los monobloques del Instituto Nacional de Previsión Social; ella abre la puerta y ustedes dicen, buenos días Doña Aurora, a qué hora se pega su encarnada? Oiga, amigo, estoy hace veinticinco años en este negocio y no preciso que nadie venga a decirme cuál es el perfil de la mujer de Clase C. Lo sé por experiencia propia. Ellas compran mi diario, ¿entiende? Tres bombachitas… ¡Ja! 

– Usamos métodos científicos de investigación. Tenemos sociólogos, psicólogos, antropólogos, estadígrafos, y matemáticos en nuestro staff – dijo Pontecorvo, imperturbable. 

– Todo para sacarles dinero a los ingenuos – dijo Peçanha con mal disimulado desprecio. 

– Además, antes de venir para acá, reuní algunas informaciones sobre su diario, que supongo serán de su interés – dijo Pontecorvo. 

– ¿Cuánto cuesta? – preguntó Peçanha con sarcasmo. 

– Esta información se la doy gratis – dijo Pontecorvo. El hombre parecía de hielo -. Nosotros hicimos una mini pesquisa sobre sus lectores y, a pesar del tamaño reducido del muestreo, puedo asegurarle, sin lugar a duda, que la gran mayoría, la casi totalidad de sus lectores, está compuesta por hombres de la Clase B. 

-¿Qué? – gritó Peçanha. 

– Eso mismo, hombres de la Clase B. 

Primero, Peçanha palideció. Después fue enrojeciendo hasta quedar morado como si lo estuviesen estrangulando, la boca abierta y los ojos desencajados; se levantó de su silla, caminó tambaleante, los brazos abiertos como un gorila enfurecido en dirección a Pontecorvo. Una visión chocante, aun para un hombre de acero, como Pontecorvo, o para un ex reportero de policiales. Pontecorvo retrocedió ante el avance de Peçanha hasta que, de espaldas en la pared, dijo, intentando mantener la calma y la compostura: 

– Tal vez nuestros técnicos se hayan equivocado. 

Peçanha, que estaba a un centímetro de Pontecorvo, tuvo un violento temblor y, al contrario de lo que yo esperaba, no se tiró sobre el otro como un perro enloquecido. Agarró sus propios cabellos con fuerza y comenzó a arrancarlos, mientras gritaba farsantes, tunantes, ladrones, aprovechado-res, mentirosos, canallas. Pontecorvo se escabulló ágilmente en dirección a la puerta, en tanto Peçanha corría detrás de él tirándole los mechones de cabellos que había arrancado de su propia cabeza. 

– ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Clase B! – gruñía Peçanha con aires de loco. 

Después, ya serenado, creo que Pontecorvo huyó por las escaleras, Peçanha volvió a sentarse detrás de su escritorio y me dijo: 

– Es a ese tipo de gente a la cual el Brasil está entregado; manipuladores de estadísticas, falsificadores de informaciones, bromistas con sus computadoras, todos creando la Gran Mentira. Pero conmigo no la van. Coloqué al hipócrita en su lugar, ¿no es cierto? 

Dije cualquier cosa, concordando. Peçanha sacó la caja de matarratones de su cajón y me ofreció uno. Nos quedamos fumando y conversando sobre la Gran Mentira. Después me dio la carta de Pedro Redgrave y mi respuesta, con su visto bueno, para que la llevase a composición. 

A mitad de camino, verifiqué que la carta de Pedro Redgrave no era la que yo le había entregado. El texto era otro: 

Estimado Nathanael, tu carta fue un bálsamo para mi corazón afligido. Me dio fuerzas para resistir. No cometeré ningún acto enloquecido, prometo que…

La carta terminaba ahí. Había sido interrumpida en el medio. Extraño. No lo entendí. Algo andaba mal. 

Me dirigí a mi mesa, me senté y comencé a escribir la respuesta a Odontos Silva: Quien no tiene dientes tampoco tiene dolor de dientes. Y, como dijo el héroe de la conocida pieza Papo Furado, no hubo nunca un filósofo que pudiese aguantar con paciencia un dolor de dientes. Además, los dientes son también instrumentos de venganza, como dice el Deuteronomio: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los dientes son despreciados por los dictadores. Recuerda lo que Hitler le dijo a Mussolini sobre un nuevo encuentro con Franco: Prefiero arrancarle cuatro dientes. Temes estar en la situación del héroe de aquella pieza Tudo legal se no fim ninguém se ferra, sin gusto, sin nada. Consejo: ponte los dientes nuevamente y muerde. Si la dentellada no es buena, da gritos y puntapiés. 

Estaba ya en la mitad de la carta de Odontos Silva cuando entendí todo. Peçanha era Pedro Redgrave. En vez de devolverme la carta en que Pedro me pedía que le mandase rezar una misa y que yo le había entregado junto con mi respuesta en la que hablaba sobre Oscar Wilde, Peçanha me había entregado una nueva carta, incompleta, ciertamente por error, y que debería llegar a mis manos por correo. 

Tomé la carta de Pedro Redgrave y fui hasta la sala de Peçanha. 

– ¿Puedo entrar? – pregunté. 

– ¿Qué pasa? Entra – dijo Peçanha. 

Le entregué la carta de Pedro Redgrave. Peçanha leyó la carta y percibiendo el error que había cometido palideció, como era su costumbre. Nervioso, revolvió los papeles sobre su mesa. 

– Todo era una broma -dijo después, intentando encender un habano – ¿Estás enojado? 

– En serio o en broma, me da lo mismo – dije. 

– Mi vida serviría para escribir una novela… – dijo Peçanha -. Esto queda entre nosotros dos. ¿Está claro? 

No sabía bien lo que él quería que quedase entre nosotros dos, si el que su vida sirviera para escribir una novela o el hecho de ser Pedro Redgrave. Pero respondí: 

– Claro, entre nosotros dos. 

– Gracias – dijo Peçanha. Y soltó un suspiro que cortaría el corazón de cualquiera que no fuese un ex reportero de policiales.

Traducción de Andrea Diessler (In: Cuentos Brasileños. Santiago, Andrés Bello, 1994, pp: 81-97).

Volver a Babilonio – F. Scott Fitzgerald

-¿Y dónde está el señor Campbell? -preguntó Charlie.
-Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está bastante enfermo, señor Wales.
-Lo lamento. ¿Y George Hardt? -preguntó Charlie.
-Ha vuelto a Estados Unidos, a trabajar.
-¿Y dónde está el Pájaro de las Nieves?
-Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.
     Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su libreta y arrancó la página.
-Si ve al señor Schaeffer, dele esto -dijo-. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo hotel.  
     La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el silencio en el bar del hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar norteamericano: Charlie lo encontraba demasiado encopetado; ya no se sentía allí como en su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en que se bajó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una actividad frenética, charlando con un «chasseur» junto a la puerta de servicio.
     En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto, en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que le dio toda la información.
-Bueno, ya está bien -dijo Charlie-, voy a tomarme las cosas con calma.
Alix lo felicitó:
-Hace un par de años iba a toda velocidad.
-Todavía aguanto perfectamente -aseguró Charlie- Llevo aguantando un año y medio.
-¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?
-Llevo meses sin ir a Estados Unidos. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par de firmas. Allí no me conocen.
Alix sonrió.
-¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? -dijo Charlie-. Por cierto, ¿qué ha sido de Claude Fessenden?
Alix bajó la voz, confidencial:
-Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario, también las cenas de más de un año. Y cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un cheque sin fondos.
Alix movió la cabeza con aire triste.
-No lo entiendo; era un verdadero dandi. Y ahora está hinchado, abotargado… -dibujó con las manos una gorda manzana.
Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.
«Nada les afecta», pensó. «Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero ésos siguen como siempre».
El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix por el trago.
-¿Estará aquí mucho tiempo, señor Wales?
-Cuatro o cinco días, para ver a mi hija.
-¡Ah! ¿Tiene una hija?
     En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma, fulguraban turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las calles. Los «bistros» relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomó un taxi. La Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.
     Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de l’Opera, que quedaba fuera de su camino. Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lent, eran las trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeño burgués del restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato: una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón deseó haberlo hecho.
     Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo imprevisto, pensaba: «Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo».
     Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rue Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla de nueve años que gritó: «¡Papaíto!», y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.
-Mi cielo -dijo Charlie.
-¡Papíto, papito, papito, papito, papi, papi, papi!
     La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.
     La habitación era cálida, agradablemente norteamericana. Los tres niños se sentían cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en brazos la muñeca que él le había traído.
-La verdad es que perfectamente -dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln-. Hay cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de Estados Unidos para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando tenía dinero. Ya sabes, los checos…
     Alardeaba con un propósito específico; pero, un momento después, al adivinar cierta impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:
-Ustedes tienen unos niños estupendos, muy bien educados.
-Honoria también es una niña estupenda.
     Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro tiempo había poseído una belleza fresca, norteamericana. Charlie nunca había sido sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.
-¿Cómo has encontrado a Honoria? -preguntó Marion.
-Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños tienen muy buen aspecto.
-Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?
-Me extraña mucho que haya tan pocos norteamericanos.
-Yo estoy encantada -dijo Marion con vehemencia-. Ahora por lo menos puedes entrar en las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.
-Pero, mientras duró, fue estupendo -dijo Charlie-. Éramos una especie de realeza, casi infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar -titubeó, al darse cuenta de su error-, no había nadie, nadie conocido.
Marion lo miró fijamente.
-Creía que ya habías tenido bares de sobra.
-Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.
-¿No quieres un coctel antes de la cena? -preguntó Lincoln.
-Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.
-Espero que te dure -dijo Marion.
     La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París.
     Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se estropeaba.
     Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate.
     Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre, subiendo por Rue Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarés, y había cocottes que trabajaban la calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde había dejado tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos de encuentros e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître d’hòtel se le echó encima, gritando:
-¡Está empezando ahora mismo, señor!
Pero Charlie se apartó inmediatamente.
«Tendría que estar como una cuba», pensó.
     El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores reinaba la oscuridad; en la Rue Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés. La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto.
     Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la disipación había sido reducida a una escala absolutamente infantil, y de repente Charlie entendió el significado de la palabra «disipado»: disiparse en el aire; hacer que algo se convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse con mayor lentitud.
     Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un taxi.
Pero no había sido a cambio de nada.
     Aquellos billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont.
     A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para volver al hotel.
II
     Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos nublados y confusos.
-¿No quieres vegetales? ¿No deberías comer un poco de vegetales?
-Sí, sí.
-Hay épinards y chou-fleur, zanahorias y haricots.
-Quiero chou-fleur.
-¿No preferirías dos vegetales?
-Normalmente sólo almuerzo uno.
-El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.
-Qu’elle est mignonne la petite! Elle parle exactement comme une française.
-¿Y de postre? ¿Esperamos?
El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.
-¿Qué vamos a hacer hoy?
-Primero iremos a la juguetería de la Rue Saint-Honoré y compraremos lo que quieras. Luego iremos al vodevil, en el Empire.
La niña titubeó.
-Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.
-¿Por qué no?
-Porque ya me has traído esta muñeca -se había llevado la muñeca al restaurante-. Y ya tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?
-Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.
-Muy bien -asintió la niña, resignada.
     Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.
-Me gustaría conocerte -dijo con gravedad-. Permítame primero que me presente. Soy Charles J. Wales, de Praga.
-¡Oh, papi! -no podía aguantar la risa.
-¿Y quién es usted, si es tan amable? -continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:
-Honoria Wales, Rue Palatine, París.
-¿Casada o soltera?
-No, no estoy casada. Soltera.
Charlie señaló la muñeca.
-Pero, madame, tiene usted una hija.
No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una respuesta:
-Estuve casada, pero mi marido murió.
Charlie se apresuró a continuar:
-¿Cómo se llama la niña?
-Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.
-Este mes he sido la tercera de la clase -alardeó-. Elsie -era su prima- sólo es la dieciocho y Richard casi es el último de la clase.
-Quieres a Richard y a Elsie, ¿verdad?
-Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.
Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:
-¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?
-Ah, creo que a tío Lincoln.
     Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había acompañado un murmullo: «…adorable», y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un ser que no tuviera más conciencia que una flor.
-¿Por qué no vivo contigo? -preguntó Honoria de repente-. ¿Por qué mamá ha muerto?
-Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte tan bien.
-La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.
A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.
-¡Pero si es el amigo Wales!
-¡Hombre! Lorraine… Dunc…
     Eran fantasmas que surgían del pasado: Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad. Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida rubia de treinta años; una más de la pandilla que lo había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.
-Mi marido no ha podido venir este año -dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie-. Somos más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las arregle como pueda… ¿Es tu hija?
-¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? -preguntó Duncan.
-No puedo.
     Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.
-¿Y si quedamos para cenar? -preguntó Lorraine.
-Tengo una cita. Dame tu dirección y te llamaré.
-Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio -dijo Lorraine solemnemente-. Estoy segura de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está sobrio.
Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.
-¿Cuál es tu direccion? -preguntó Dunc, escéptico.
Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.
-Todavía no tengo dirección fija. Ya los llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.
-¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer -dijo Lorraine-. Tengo ganas de ver payasos, acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.
-Antes tenemos que hacer un recado -dijo Charlie-. A lo mejor nos vemos en el teatro.
-Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob… Adiós, guapísima.
-Adiós.
Honoria, muy educada, hizo una reverencia.
Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida querían alimentarse de su fortaleza.
     En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente. Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo.
En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba una orquesta.
-¿Tomamos una copa?
-Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.
-El padre perfecto.
     Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría mirando. Se encontraron sus miradas y Honoria sonrió.
-Está buena la limonada -dijo.
¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para que su cabeza descansara en su pecho.
-¿Querida, algunas veces recuerdas de tu madre?
-A veces -contestó vagamente.
-No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?
-Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?
-Porque te quería mucho.
-Yo también la quería.
Callaron un momento.
-Papá, quiero vivir cotigo -dijo de pronto.
A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.
-¿Es que no estás contenta?
-Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?, ahora que mamá ha muerto.
-Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste un papá.
-Sí, es verdad -asintió, muy tranquila.
Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo que debía decirles.
-Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.
-Muy bien. Adiós, papi, papi, papi, papi.
     Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a la noche un beso con la punta de los dedos.
III
     Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:
-Me figuro que saben por qué he venido a verlos, por qué he venido a París.
Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.
-Tengo verdaderas ganas de tener una casa -continuó-. Y tengo verdaderas ganas de que Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, se hayan ocupado de Honoria, pero las cosas han cambiado… -titubeó y continuó con mayor decisión-, han cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pedirles que reconsideren el asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato…
Marion lo miraba con dureza.
-…pero todo eso se ha acabado. Como les he dicho, hace un año que sólo bebo una copa al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entienden?
-No -dijo Marion sucintamente.
-Es una especie de truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.
-Te entiendo -dijo Lincoln- No quieres admitir que el alcohol te atrae.
-Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Ustedes saben que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de cuidarla y… Bueno, ya les he dicho todo. ¿Qué piensan?
Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil, pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.
«Domínate», se decía a sí mismo. «Quieres a Honoria».
Lincoln fue el primero en responderle:
-Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema…
Marion lo interrumpió súbitamente.
-¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? -preguntó.
-Espero que siempre.
-¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?
-Saben que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con…
-Por favor, no metas a Helen en esto. No soporto que hables de ella así.
Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.
-Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que… me derrumbé.
-Demasiado tiempo.
-Demasiado tiempo -asintió.
-Lo hago sólo por Helen -dijo Marion-. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No puedo evitarlo. Era mi hermana.
-Ya lo sé.
-Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.
Charlie no respondió.
-Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los huesos y tiritando, y me dijo que habían echado la llave y no la habías dejado entrar.
Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo dijo:
-La noche en que le cerré la puerta…
Y Marion lo interrumpió:
-No pienso volver a hablar de eso.
Tras un momento de silencio Lincoln dijo:
-Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.
-No culpo a Marion -dijo Charlie despacio-, pero creo que puede tener absoluta confianza en mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de Honoria y la oportunidad de tener un hogar. -Negó con la cabeza-. Perdería a Honoria, ni más ni menos, ¿no se dan cuenta?
-Sí, te entiendo -dijo Lincoln.
-¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? -preguntó Marion.
-Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, y no me podía mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen. Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, me va malditamente bien, así que…
-Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.
     La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio cuenta de lo absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo le molestaba la palabra «malditamente».
-Otra cosa -dijo Charlie-: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo…
     Dejó de hablar: se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos.
-Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros -dijo Marion-. Cuando te dedicabas a tirar el dinero, nosotros vivíamos contando cada moneda de diez francos… Y supongo que volverás a hacer lo mismo.
-No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.
     Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería que él tuviera a su hija.
     De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero había vivido mucho tiempo con un prejuicio: un prejuicio basado en una extraña desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un período de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas, necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.
-Me es imposible pensar de otra manera -exclamó de repente-. No sé hasta qué punto eres responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia conciencia.
Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un instante más.
-Ya está bien -dijo Lincoln, incómodo-. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.
-Helen murió de una enfermedad cardiaca -dijo Charlie, sin fuerzas.
-Sí, una enfermedad cardiaca -dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro significado.
     Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró la toalla.
-Haz lo que te parezca -exclamó levantándose de pronto-. Es tu hija. No soy nadie para interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla… -consiguió frenarse-. Decídanlo ustedes. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.
Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:
-Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es… -parecía pedir excusas-: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza…
-Claro.
-Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.
-Gracias, Lincoln.
-Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.
-Me voy ya.
     Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rue Bonaparte hasta el Sena lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas. Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho, histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo hubiera podido imaginar que ella llegaría una hora más tarde, sola, y que caería una nevada, y que Helen vagabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias: que Helen se recuperara milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del martirio de su hermana, nunca lo olvidó.
     Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en cuanto al asunto de Honoria y que quería que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien. Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír con claridad lo que Helen decía.
IV
     Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había hecho con Helen. Ella no había planeado morir. Lo importante era el presente: el trabajo, alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues conocía el daño que un padre puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado: más tarde, ya en el mundo, el hijo buscaría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se rebelaría contra el amor y la vida.
     Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde trabajaba y le preguntó si Honoria podría acompañar lo cuando regresara a Praga. Lincoln estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una cuestión: el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiempo. Estaba muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tranquila si supiera que la situación seguía bajo su control un año mas. Charlie aceptó: lo único que quería era a la niña, tangible y visible.
     También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia sombría hablando con una bearnesa malhumorada y con una campesina bretona regordeta, a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al día siguiente.
Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.
-No hay nada comparable a un hijo -dijo Lincoln-. Pero tú comprendes cómo se siente Marion.
-Ya no recuerda de todo lo que trabajé durante siete años en Estados Unidos -dijo Charlie-. Sólo recuerda una noche.
-Eso es distinto -titubeó Lincoln-. Mientras tú y Helen derrochaban dinero por toda Europa, nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado lo suficiente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba que aquello era una especie de injusticia… Tú ni siquiera trabajabas entonces y cada vez eras más rico.
-El dinero se fue tan rápido como vino -dijo Charlie.
-Sí, y mucho fue a parar a manos de los «chasseurs» y los saxofonistas y los maitres d’hotel… Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis, antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún problema.
     De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le habían enviado desde el bar del Ritz, donde Charlie había dejado su dirección para un antiguo amigo.
Querido Charlie:
     Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera disparatada, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando usabas bombín y bastón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz.
Siempre tuya,
Lorraine
     La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad madura, una bicicleta de reparto para pedalear, con Lorraine a bordo, por la plaza de L’Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero sí el incidente de la bicicleta: era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o meses de disipación habían sido necesarios para llegar a ese punto de absoluta irresponsabilidad?
     Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces: muy atractiva; a Helen le molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le había parecido vulgar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella, y darle los buenos días y saber que pasaba la noche en casa y respiraba en la oscuridad.
     A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Peters: una graciosa muñeca de trapo, una caja de soldados romanos, flores para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln.
     Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña procuraba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.
     Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se atrevió a decirle:
-Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el dolor ni las heridas: son más bien como llagas que no se curan porque les falta tejido para hacerlo. Me gustaría que tú y yo nos lleváramos mejor.
-Es difícil olvidar ciertas cosas -contestó Marion-. Es cuestión de confianza -Charlie no contestó y Marion preguntó entonces-: ¿Cuándo piensas llevártela?
-Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.
-No, es imposible. Tengo que preparar sus cosas. Antes del sábado es imposible.
Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.
-Bueno, me tomaré mi whisky diario.
     Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era, después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasiado condicionados por la vida y las circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina del banco.
     Sonó un largo timbrazo: llamaban a la puerta. La bonne a tout faire atravesó la habitación y desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, seguida de cerca por voces que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.
     Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto: no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.
-Ajá -Duncan agitaba el dedo pícaramente en dirección a Charlie-. Ajá.
     Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer, Charlie les estrechó la mano rápidamente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacía la chimenea; su hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.
     Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una explicación. Y, después de pensar las palabras un momento, Duncan dijo:
-Hemos venido a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que ya está bien de rodeos y secretitos sobre dónde te alojas.
Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos hacia el pasillo.
-Lo siento, pero no puedo. Díganme dónde van a estar y los llamaré por teléfono dentro de media hora.
No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda su atención en Richard, exclamó:
-¡Que niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!
Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y volvió a dirigirse a Charlie:
-Ven a cenar. Estoy segura de que tus primos no se molestarán. Te veo tan solem… tan solemne.
-No puedo -respondió Charlie, cortante-. Cenen ustedes, ya los llamaré por teléfono.
La voz de Lorraine se volvió desagradable:
-Bien, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vámonos, Dunc.
Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irritados, con pasos titubeantes, se adentraron en el pasillo.
-Buenas noches -dijo Charlie.
-¡Buenas noches! -respondió Lorraine con énfasis.
Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo por el hombro de su hijo. Lincoln seguía meciendo a Honoria de acá para allá, como un péndulo.
-¡Que poca vergüenza! -estalló Charlie-. ¡No hay derecho!
     Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a dejarlo y dijo:
-Gente a la que no veo desde hace dos años y tienen la increíble desfachatez de…
Se interrumpió. Marion había dejado escapar un «Ya», una especie de suspiro sofocado, rabioso; le había dado de repente la espalda y había salido del salón.
Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.
-Niños, vayan a comer. Empiecen a tomarse la sopa -dijo, y, cuando los niños obedecieron, se dirigió a Charlie-: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la hace sentirse físicamente mal.
-Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado el nombre y la dirección de ustedes. Deliberadamente han…
-Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.
     Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado: hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el murmullo de una conversación en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser descolgado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.
Lincoln volvió casi inmediatamente.
-Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Marion no se encuentra bien.
-¿Se ha disgustado conmigo?
-Más o menos -dijo Lincoln, casi con malos modos-. No es fuerte y…
-¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?
-Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.
-Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.
-Ahora no le puedo explicar nada.
Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del comedor y dijo con una voz rara:
-Buenas noches, niños.
Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.
-Buenas noches, corazón -dijo, ensimismado, y luego, intentando poner más ternura en la voz, intentando arreglar algo, añadió-: Buenas noches, queridos niños.
V
     Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea furibunda de encontrarse con Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso, nada podía hacer. No había tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.
-Todo ha cambiado mucho -dijo con tristeza-. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a Estados Unidos lo perdieron todo, si no en el primer hundimiento de la Bolsa, en el segundo. He oído que su amigo George Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a Estados Unidos?
-No, trabajo en Praga.
-Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.
-Sí -asintió con amargura-, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.
-¿Vendiendo a la baja?
-Más o menos.
     El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla: la gente que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de pronunciar una frase coherente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas que habían sido sacadas a rastras de los establecimientos públicos, gritando, borrachas o drogadas…
     Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario.
     Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.
-Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabeza. ¿Ha dicho Marion algo?
-Marion está enferma -respondió Lincoln, cortante-. Ya sé que tú no tienes toda la culpa, pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.
-Ya.
-Lo siento, Charlie.
     Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos regalos; al día siguiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero: le había dado dinero a tanta gente…
-No, se acabó -dijo a otro camarero-. ¿Cuánto es?
     Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven, lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

Sólo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez

     Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.
     Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
     -Están dormidas -murmuró.
     María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
     -¿Dónde estamos? -le preguntó María.
     -Hemos llegado -contestó la mujer.
     El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
     -¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
     -Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
     Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. «En el camino se secan», le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó «Buena suerte». El autobús arrancó sin darle tiempo de más.
     María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: «¡Alto he dicho!». María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
     -Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
     María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.
     -Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.
     Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
     -¿Cómo te llamas? -le preguntó.
     María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
     -Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.
      -De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
     Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.
     -Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.
     Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
     Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
     No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
     Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.
      -Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.
     María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.
     El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. «Todavía no, reina», le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. «Todo se hará a su tiempo». Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.
     -Confía en mi -le dijo.
     Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.
     Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
     En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.
     De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.
     Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.
     Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. «Hay amores cortos y hay amores largos», le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: «Este fue corto». Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.
      María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
      No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. «¿Y ahora hasta cuando?», le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: «El amor es eterno mientras dura». Dos años después, seguía siendo eterno.
      María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.
      El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. «No sé nada», dijo Saturno. «Búsquenla en Zaragoza». Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
      El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
     No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.
     Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. «El señorito se ha ido», le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.
     -Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.
     -Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?
     La mujer se encabritó.
     -¿Pero quién coño habla ahí?
     Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
     A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.
     La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.
     Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
     -¿Dónde estamos?
     La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
    -En los profundos infiernos.
    -Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.
     Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.
     Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. «Tendrás todo», le decía, trémula. «Serás la reina». Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
     Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
     -Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.
     El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:
     -Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos
     -¡Maricón! -dijo María.
     Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
     -¿Bueno?
     Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.
    -Conejo, vida mía -suspiró.
     Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
     -¡Puta! Y colgó en seco.
     Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.
     El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
-Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.
El director asintió complacido. «No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo», dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
-Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El medico hizo un ademán de sabio. «Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan», dijo. «Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura». Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.
-Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.
-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. «En síntesis», concluyó, «aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo». María entendió la verdad.
-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!
-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.
-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:
-¡Váyase!
Saturno huyo despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.