por Luz | Jun 11, 2011 | Alemania, Sociales
Época: I Guerra Mundial
Inicio: Año 1914
Fin: Año 1918
Fue en Alemania donde la debilidad de la nueva democracia de la posguerra fue más evidente. La República de Weimar padeció de una doble ilegitimidad de origen. Para la extrema izquierda, representó «la derrota de la revolución», por la represión de los intentos insurreccionales de los meses de diciembre de 1918 a abril de 1919 y por el aplastamiento de los nuevos intentos revolucionarios de marzo de 1920 («alzamiento espartaquista» en los distritos mineros del Ruhr) y de octubre de 1923
(disturbios comunistas en Sajonia). Para la extrema derecha, el régimen de Weimar significó la traición nacional, los «traidores de noviembre» -según la propaganda hitleriana-, la aceptación del humillante tratado de Versalles. La derecha nacionalista alemana no aceptó la República. El 13 de marzo de 1920, hubo ya un conato de golpe monárquico en Berlín, encabezado por Wolfgang Kapp y el general von Lüttwitz, que fracasó al declarar los sindicatos la huelga general. Erzberger, el líder del partido católico, fue asesinado el 29 de agosto de 1921; Rathenau, el dirigente demócrata y ministro de Asuntos Exteriores, el 24 de junio de 1922.
El voto de la derecha nacional, representada por el Partido del Pueblo Nacional Alemán (DNVP), heredero de la Liga Pangermánica de la preguerra y dirigido por Alfred Hugenberg, no fue en absoluto desdeñable. En las elecciones de enero de 1919, el DNVP logró 44 escaños y el 10,3 por 100 de los votos; en las de diciembre de 1924, 103 escaños y el 20,5 por 100 de los votos. La ultraderecha, representada por el partido nazi, el Partido Nacional-Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), creado en febrero de 1920 y enseguida dirigido por Adolf Hitler, hizo también pronto su aparición. El NSDAP pasó de 64 afiliados en el momento de su fundación a 55.787 en 1923. En las elecciones de junio de 1920, logró 4 diputados; en las de 4 de mayo de 1924, 32 y el 6,6 por 100 de los votos.
La República de Weimar fue, además, un régimen políticamente débil. El sistema proporcional elegido hizo que ningún partido tuviese nunca la mayoría absoluta. El mejor resultado de los socialistas, del SDP, el partido más votado entre enero de 1919 y septiembre de 1930, les dio 165 escaños de un total de 421. Todos los gobiernos republicanos fueron gobiernos de coalición. Ello fue una de las causas de la inestabilidad gubernamental: entre 1919 y 1930, hubo un total de 11 gobiernos. Además, por el colapso del Partido Democrático de Rathenau, el partido de las clases medias profesionales (75 escaños en 1919, 39 en 1920, 28 en 1924, 25 en 1928), las coaliciones tuvieron que hacerse entre el SPD, el Zentrum católico -que estuvo en todos los gobiernos desde 1919 a 1932- y el partido liberal-conservador o popular (DVP) de Gustav Stresemann. Ello perjudicó sobre todo al SPD, eje de la República: nunca pudo desarrollar plenamente su propia política y hubo de gobernar haciendo continuas concesiones al centro-derecha. Ni el ejército ni la justicia, por ejemplo, pudieron ser reformados. Al contrario, la doble amenaza de la extrema izquierda y de la ultra-derecha, hizo que el régimen de Weimar tuviera que apoyarse en un ejército mayoritariamente conservador y ajeno a los valores democráticos del nuevo orden político.
La crisis económica de la posguerra erosionó profundamente la legitimidad de la República. La deuda por la financiación de la guerra se estimó en 150.000 millones de marcos. Por el Tratado de Versalles, Alemania perdió el 14,6 por 100 de su tierra cultivable, el 74,5 por 100 de su producción de mineral de hierro, el 26 por 100 de la de carbón y porcentajes igualmente elevados de su producción de zinc y potasio. Vio, además, incautadas gran parte de sus flotas mercante y pesquera. En esas condiciones, unidas a la inseguridad política creada por el hundimiento de la monarquía, la proclamación de la República y la amenaza revolucionaria de 1918-19, la industria alemana quedó paralizada. Las importaciones excedieron con mucho a las importaciones. El déficit de la balanza de pagos se disparó. El marco se devaluó aceleradamente: 100 marcos pasaron de valer 5 libras en 1914, a valer 0,2 libras a principios de 1921.
La fijación el 27 de abril de 1921 de la cantidad a pagar por reparaciones de guerra en la cifra de 6.500 millones de libras (132.000 millones de marcos-oro) hundió, como muy bien vio Keynes, las expectativas de recuperación de la economía alemana. Para agravar las cosas, en enero de 1923 los gobiernos francés y belga, alegando retrasos en el pago de las cantidades de carbón impuestas y ante el temor de un aplazamiento en la entrega de las reparaciones en metálico, decidieron la ocupación militar del Ruhr y la confiscación de las minas y ferrocarriles de la región.
La población alemana, con el apoyo del gobierno, respondió con una política de resistencia pasiva. La producción cayó espectacularmente; la escasez aumentó y los precios se desorbitaron, estimulados por el aumento de la circulación de billetes provocado por el gobierno para de alguna forma sostener la demanda interna. Alemania experimentó el primer proceso de hiperinflación conocido en la historia. El valor de su divisa bajó a 35.000 marcos por libra en 1922 y a 16 billones de marcos por libra a finales de 1923. El dinero carecía de valor. El índice de precios al por mayor había pasado del valor 1 en 1913 a 1,2 billones en 1923. La gente llevaba los billetes en cestos y hasta en carretillas.
La situación, con todo, tuvo solución rápida y brillante. El gobierno alemán, que nombró a Hjalman Schacht (1877-1970), un prestigioso banquero y miembro del Partido Democrático delegado de la moneda y luego presidente del Reichsbank, procedió a crear un nuevo marco, el rentemmark, equivalente a un trillón de marcos viejos, y a tomar drásticas medidas de ahorro y contención del gasto. Al tiempo, solicitó a los aliados una investigación sobre la economía alemana y el estudio de nuevas fórmulas para el pago de las reparaciones. El resultado fue el Plan Dawes (que tomó el nombre del presidente de la comisión nombrada al respecto, el norteamericano Charles G. Dawes) que en abril de 1923 recomendó fijar los pagos anuales en dos millones y medio de marcos-oro y la concesión a Alemania de créditos internacionales por valor de 800 millones de marcos-oro. Hasta Francia se dio por satisfecha y retiró sus soldados del Ruhr en 1925.
Pero el daño político y social que la hiperinflación y la ocupación causaron a la nueva democracia alemana fue irreparable, a pesar de la prosperidad -ala postre, ficticia- que Alemania tendría de 1925 a 1929. La hiperinflación destrozó las economías de las clases medias (pequeños empresarios, ahorradores, inversores en rentas fijas, pequeño comercio, etcétera): eso explicaría en parte el retroceso del Partido Democrático y el auge de la derecha. El líder nazi, Hitler, creyó llegado el momento para promover un golpe contra la República. El 8 de noviembre de 1923, intentó, con la colaboración de otros grupos ultranacionalistas y el concurso personal de Ludendorff, tomar Munich, bastión de la derecha alemana y del regionalismo bávaro, y forzar así la proclamación de un gobierno nacional. El «putsch de la cervecería», como se le conoció por el lugar donde empezaron los hechos, fue un disparate. La policía abrió fuego contra la manifestación nazi y mató a 17 personas. El Ejército apoyó al gobierno. El mismo gobierno regional bávaro -cuyas tensiones con el gobierno central Hitler quiso capitalizar en favor de la intentona- se volvió contra los golpistas. Hitler fue detenido y procesado. Pero todo el episodio fue significativo y premonitorio.
La estabilidad de la democracia en la Europa de la posguerra -en Alemania y en otros países- habría necesitado que los valores y la cultura democráticos estuvieran profundamente enraizados en la conciencia popular. Precisamente, la I Guerra mundial había provocado una profunda crisis de la conciencia europea. Ya se verá también que, en esa crisis, el nacionalismo, el «ethos» de la violencia revolucionaria, las tentaciones fascista y comunista, las filosofías irracionalistas, adquirieron vigencia social extraordinaria.
Burckhardt, el gran historiador suizo, había dicho allá hacia 1870, que el siglo XX vería «al poder absoluto levantar otra vez su horrible cabeza». La I Guerra Mundial creó el clima moral para que aquella sorprendente premonición fuese cierta.
Fuente: https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/3075.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Culturas Asiaticas, La India, Sociales
La India antigua
Época: India
Inicio: Año 3000 A. C.
Fin: Año 250 D.C.
En el III Milenio a. C. encontramos diversas culturas neolíticas en el valle del Indo siendo las más destacables las de Kulli, Nundara, Amri, Nal y Quetta. Ya en época histórica se desarrollará la cultura de Harappa que domina toda el valle del Indo. Esta cultura presenta las primeras ciudades dirigidas por reyes (rajás) o grandes reyes (maharajás).
Las urbes estaban ordenadas en cuadrículas, siendo las edificaciones de ladrillo, controladas desde una fortificación elevada. Se ha constatado su conocimiento de la metalurgia, a excepción del hierro, así como lo evolucionado de su agricultura y de su comercio fluvial, tomando el Indo como eje comercial. Conocemos su escritura pero no ha podido ser descifrada. En cuanto a su arte, existen sellos con representaciones religiosas y animalísticas que recuerdan a las culturas sumerias.
La civilización de Harappa sucumbió ante el empuje de las migraciones de los arios, tribus de lengua indoeuropea procedentes del noroeste que se asentaron en la llanura del Ganges. Esta emigración se produjo de manera escalonada hacia la mitad del II Milenio. Estos arios (denominados así por la palabra arya que en sánscrito quiere decir noble) luchaban con arcos y flechas e iban equipados con coraza y casco, utilizando el carro de guerra tirado por caballos. Con esta potencia militar se imponen fácilmente a la población indígena, iniciándose el Período Védico que abarca hasta los inicios del I Milenio. Entre los arios se produce un reparto de tierras que desencadena la existencia de haciendas individuales y la fragmentación del territorio en reinos dispersos que se enfrentan entre sí. La aristocracia domina el poder y los reyes se suceden por herencia. En estas fechas aparecen los veda, una de las más antiguas muestras de la literatura sagrada que se conservan. Están escritos en sanscrito y en ellos se establece la religión india, donde existe una fuerza universal de carácter impersonal llamada Rita que comparte veneración con la divinidad de los juramentos, Varuna, y la divinidad de los contratos, Mitra. Las fuerzas naturales también son objeto de culto así como la guerra, Indra. La interpretación de los vedas corresponde a los sacerdotes en exclusiva, denominados brahamanes. En algunos textos se hace referencia al yoga como elemento de liberación mediante la unión con la suprema realidad.
Será en estos momentos cuando se establezca la existencia de un régimen de castas en la sociedad hindú dirigida por los brahamanes o sacerdotes; la nobleza militar tiene en su poder la fuerza de las armas; los campesinos libres y la clase agrícola y artesana sometida serían la base de la sociedad mientras que los parias no pertenecen a clase alguna, son los descastados. Esta estructura social viene reflejada en el código de Manu. Las castas surgieron del cuerpo de Brahma, el dios creador.
La política estaba dirigida por el reino de Maghada, dueño y señor del delta del Ganges desde el siglo VII a. C. En estos momentos hicieron acto de presencia en la India dos movimientos religiosos reformistas: el budismo y el jainismo.
El budismo fue fundado en Nepal por un miembro de la familia guerrera de los Sakya llamado Siddharta Gautama y más conocido por Buda, el Iluminado. Este sistema filosófico-religioso elabora una doctrina para la salvación del hombre con la extinción del dolor al que conduce el Nirvana. La teoría de la reencarnación viene definida por el autoperfeccionamiento del individuo que se reencarnará en un ser superior o inferior, dependiendo de su comportamiento. El sistema de castas será la referencia utilizada para la reencarnación, recurriendo en ocasiones a animales para descender de casta.
El jainismo será fundado por Vardhamana, también llamado Jina (el Victorioso) y Mahavira (Alma Grande). Según esta doctrina, el sufrimiento terrenal es producto de la unión del espíritu y la materia. Cuando se separen ambos elementos se alcanzará la liberación, utilizando como instrumentos liberadores la ascesis o el ayuno hasta la muerte. El centro del jainismo será la negación de la violencia y el principio del ahimsa, no hacer daño a criatura alguna. Los jainitas formarán sectas.
En el año 512 Ciro se introduce hasta las orillas del Ganges, arrasando la capital del territorio. Con Dario I los territorios de Gandhara y Sind se incluyen en el Imperio Persa para formar una satrapía, desarrollando un importante comercio con Grecia. Durante casi dos siglos, la India queda bajo el dominio persa hasta que entre 327 y 325 Alejandro Magno controla la mayor parte del territorio, venciendo al rey Poros para regresar a Grecia inmediatamente.
El vacío de poder que se manifiesta tras la marcha de Alejandro será aprovechado por Chandragupta quien inicia la dinastía Maurya. Derrotó al último rey de la dinastía Nanda de Magadha, rechazó un ataque del antiguo general de Alejandro, Sleuco I Nicator, al que entregó doscientos elefantes por abandonar la India, e instaló la capital en Pätaliputra.
Ashoka será el creador del gran Imperio Indio, dominando la mayor parte de la Península India y buena parte de la meseta de Irán. Su conversión al budismo se produjo tras la brutal batalla de Kalinga, que provocó más de 100.000 muertos e igual número de deportados. Su pacifismo y tolerancia religiosa le convierten en uno de los personajes más importantes de su tiempo.
Fuente: https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/558.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Culturas Asiaticas, Japon, Sociales
Cuando en 1974 fueron localizados dos soldados japoneses aislados desde la Segunda Guerra Mundial en las selvas de Guam y en las Filipinas, ése fue el mejor testimonio de lo mucho que había cambiado Japón en el último medio siglo. La distancia cronológica de treinta años pareció infinitamente mayor.
En los sesenta el primer ministro Sato había logrado, merced a tres mandatos sucesivos al frente del Partido Liberal Demócrata y del Gobierno, no sólo presidir una larga etapa de gran desarrollo económico sino también lograr para su país un papel creciente en la política mundial. En 1972, sin embargo, poco dispuesto su partido a renovarle la confianza para un cuarto mandato, ni siquiera consiguió transmitir el poder al sucesor que había elegido. Fue Tanaka el heredero en un momento en que el panorama económico e internacional se entenebrecía para el Japón. Pero este país conseguiría sortear la crisis de un modo muy positivo.
En realidad, en los años setenta las crisis que ha sufrido Japón desde el punto de vista económico han sido varias. Ya en 1970-1 se produjo una reevaluación del yen a la que Japón se había resistido hasta entonces; en 1972 las protestas de la industria norteamericana contra el agresivo comercio japonés llevaron a que Nixon impusiera a Japón una apertura propia y unas limitaciones bruscas a su relación comercial con Estados Unidos. En 1973, en fin, Japón fue uno de los países más afectados por la subida del petróleo pues dependía de él en un 90%. En 1974 la inflación llegó al 24% y por vez primera desde el final de la Segunda Guerra Mundial el crecimiento fue negativo (-1, 2%) como consecuencia del impacto de la crisis. Pero la economía se recuperó pronto, en 1975, y de este modo se hizo todavía mayor la distancia económica entre Japón y el resto de los países más desarrollados.
Mientras tanto, se agravaron las muestras de problemas políticos en el Partido Liberal Demócrata a pesar de que de ningún modo fueron mortales. Tanaka, en un principio bien recibido, padeció las consecuencias de la crisis pero, además, los procedimientos clientelísticos de su partido resultaban ya cada vez menos aceptables de cara a la opinión pública. Su sucesor Miki (1974-1976) debió enfrentarse a un escándalo sobre la compra de aviones norteamericanos -asunto Lockheed- como consecuencia de revelaciones producidas en el Senado norteamericano. Por primera vez hubo una escisión del partido, como consecuencia de la aparición del Nuevo Club Liberal, y el sector ortodoxo del Partido Liberal Demócrata obtuvo el resultado electoral más bajo de su historia (menos del 42% del voto).
Sin embargo, el panorama político estaba destinado a cambiar, como consecuencia de la superación de la crisis económica. El primer choque petrolero supuso una grave crisis pero también el reforzamiento de la unidad y el consenso nacionales en materia de política económica. De este modo Japón consiguió quintuplicar el ahorro energético de Estados Unidos y disminuir, gracias a la energía nuclear y a la solar, su dependencia del petróleo. El crecimiento de la economía se realizó principalmente gracias a las exportaciones, en especial de automóviles.
De todos modos, en los años siguientes siguieron los problemas aunque también se les supo dar una respuesta comparativamente más brillante que las del resto de las sociedades desarrolladas. Desde 1976-8 los productos exportados japoneses sufrieron los inconvenientes de una moneda fuerte. Durante la segunda crisis de elevación de los precios del petróleo Japón, con un 4% de crecimiento anual, consiguió doblar el de la OCDE. Pero el problema se volvió a presentar de nuevo en 1985 con la reevaluación del yen.
Mientras tanto, cambiaron las acusaciones tradicionales por parte de las economías desarrolladas en contra de la política económica japonesa. Ya antes, en los medios europeos se había dicho de los japoneses que trabajaban demasiado y parecían aceptar vivir en una especie de jaulas para conejos; esta especie de sacrificio vital creaba unas condiciones de competición muy difíciles para los competidores. Ahora, a las ya tradicionales quejas por el proteccionismo y por la utilización de la tecnología del competidor se sumaron otras como las de colusión entre la Administración y la Justicia en perjuicio de los competidores extranjeros. Pero Japón reaccionó aceptando la limitación voluntaria de las exportaciones y nombrando para el interior del país una especie de defensor del empresario extranjero. Otro problema que se planteó fue el del déficit presupuestario debido a la ausencia de una imposición indirecta capaz de solucionarla.
Pero el resultado de la economía japonesa siguió siendo muy brillante hasta el comienzo de los años noventa. El PIB del Japón era en 1990 igual al de Alemania, Francia y Gran Bretaña juntas y la renta per cápita resultaba la mayor de los países industriales (como veremos, no era así en el caso del nivel de vida). Los excedentes comerciales se mantenían. La reacción de la economía japonesa había consistido durante los últimos años en volcarse sobre las industrias de materia gris y favorecer la división asiática del trabajo liberándose de las industrias pesadas e incluso de las ligeras hacia las nuevas economías emergentes. En 1985 el cuarto cliente de Japón era Corea del Sur y su tercer aprovisionador Indonesia. Aquí estaban gran parte de las inversiones japonesas, el 60% de las realizadas en 1951-1986. Japón, gracias a ellas, se había convertido en un país rentista, la primera potencia financiera mundial.
Los grandes éxitos económicos de Japón se seguían basando en el ahorro, el doble del existente en Estados Unidos o en Francia, las ventajas de la forma de llevar la empresa, caracterizada por un espíritu de solidaridad peculiar, y el carácter módico de los gastos de seguridad social. La esperanza media de vida era en la década de los noventa la más alta del mundo. El problema japonés seguía residiendo en el nivel de vida real: para comprar los mismos alimentos un japonés debía trabajar dos veces más que un norteamericano y tres veces más que un australiano; los japoneses se tomaban cuatro veces menos vacaciones que los franceses. Ya en 1990 Japón prometió incrementar sus inversiones sociales y favorecer el consumo interno a expensas del ahorro.
Una actitud como ésta le resultaba imprescindible no sólo desde el punto de vista de la economía propia sino también de cara a sus competidores. En 1979 había aparecido un libro, cuyo autor fue Vogel, describiendo a Japón «como el número uno»; ahora, en cambio, a pesar de las limitaciones voluntarias del comercio japonés, este país en muchos del resto del mundo, pero sobre todo en los Estados Unidos, era visto no con admiración sino como una grave amenaza. En el propio Japón estaba planteada al comienzos de los años noventa una confrontación entre la conciencia sentida de que era necesario comportarse de otro modo de cara a los competidores y la realidad de una eclosión de posturas neotradicionalistas y nacionalistas. Quizá por esto último daba la sensación de que en política exterior seguía existiendo una especie de incapacidad por parte de Japón para asumir compromisos obvios a los que le obligaba su situación geográfica y su potencia económica: Francia, por ejemplo, acogió muchos más sudvietnamitas que Japón.
Se habían producido, mientras tanto, cambios sociales importantes que no siempre ofrecían unas características positivas. Los más importantes se centraron en la aparición de una nueva generación mucho más volcada al consumo pero también en el envejecimiento de la población de modo que en el año 2.000 el 15% de los japoneses tendría más de 65 años. Otro de los grandes problemas del Japón fue, a partir de este momento, la penuria de la mano de obra. Ésta, además, ya no estuvo sujeta a sistemas de trabajo con empleo durante toda la vida sino a otros mucho más flexibles.
En el terreno de la política, si en la época anterior los escándalos cometidos por la derecha tuvieron como consecuencia que la izquierda ganara en algunos sitios, ahora se produjo una cierta recuperación de los liberal-demócratas aunque persistió el interrogante fundamental acerca de la viabilidad de un régimen democrático que en la práctica se había caracterizado por la carencia de alternativa desde 1945. La oposición había creído poder superar al partido en el poder en 1976 pero éste ya había alcanzado el 48% del voto en 1980, unos siete puntos porcentuales más que en la elección anterior. Además, en las elecciones regionales los liberal-demócratas conquistaron provincias en las que en el pasado había vencido la oposición y, sobre todo, consiguieron desvincular al Komeito del frente opositor. Partido del electorado flotante, la debilidad del Komeito fue identificarse con la secta religiosa que le había servido de apoyo inicial. Su aceptación de la política exterior de los liberal-demócratas y el haber conseguido de éstos fondos para los programas sociales le hicieron desligarse de la oposición. En ella el Partido Socialista daba una creciente sensación de esclerosis mientras que el Partido Comunista, aunque en 1972 alcanzara su cota máxima de algo más del 10%, seguía siendo marginal. Fue, además, un partido que evolucionó cada vez de forma más marcada hacia una fórmula semejante al eurocomunismo. El propio cambio de la sociedad japonesa tendía de forma indirecta a favorecer una evolución en sentido favorable a los liberaldemócratas. En un momento en que el 90% de los japoneses se decían miembros de las clases medias una proporción creciente de los electores se decían desligados de cualquier vinculación partidista. Con todo, la esclerosis del sistema político habría de producir sorpresas en el momento posterior a la caída del comunismo.
La primacía de la alianza con los Estados Unidos se pudo considerar como realidad definitivamente admitida de la política exterior japonesa en torno a mediados de los setenta pero en años posteriores tuvo un cierto carácter conflictivo y no sólo como consecuencia de la Guerra del Vietnam o de los conflictos comerciales. En 1973, por ejemplo, Japón adoptó una política propalestina tras la elevación de los precios del petróleo, pero ya en 1974 esta mayor libertad de movimientos de sus relaciones internacionales quedó compensada cuando tuvo lugar la primera visita de un presidente norteamericano al archipiélago (fue Gerald Ford). Desde esa fecha prácticamente desapareció el debate en la política exterior incluso en los partidos especialmente interesados en ella como el Komeito. El Ejército Japonés era ya en estas fechas el séptimo del mundo, signo de que empezaban a aceptarse las responsabilidades militares.
En los otros terrenos habituales de la política exterior japonesa el papel desempeñado por este país ha resultado siempre creciente en los últimos tiempos. En 1978, tras la muerte de Mao, se firmó un Tratado con China. En diez años los intercambios comerciales entre los dos países se multiplicaron por diez y el turismo por doce. Japón era ya por entonces el primer país en la relación comercial con China y China el segundo de Japón pero muy lejos aún de Estados Unidos. Los países de ASEAN recibían un tercio de las inversiones del Japón que cada vez manifestaba una más clara ambición de convertirse en pieza insustituible para la organización del mundo del Pacífico en sus más diversos aspectos. La paradoja del Japón seguía siendo, sin embargo, que su peso económico en el mundo estaba todavía muy por debajo de su presencia diplomática: sólo en 1974 un ministro de Exteriores japonés viajó a África.
Ya en esta fecha se podía considerar consolidada una realidad nueva en el panorama de Extremo Oriente y, en general, del propio mundo. A finales de los años setenta, además, se hizo habitual la mención a los «nuevos países industrializados» o «semidustrializados». Respondían todos ellos no sólo a una misma localización geográfica sino también a características particulares muy diferentes pero que, al mismo tiempo, tenían en común una serie de rasgos económicos comunes. En ellos los productos manufacturados representaban siempre el 25% del producto interior bruto y el 50% de las exportaciones. Estos países, en vez de financiar su industrialización a partir de la exportación de materias primas, como había sido lo habitual hasta el momento, lo hicieron a través de una industria dedicada de forma preferente a la exportación. En general, la protección social de los trabajadores fue siempre escasa, los salarios bajos, existieron en ellos zonas comerciales especiales y el Estado intervino mucho más que en una economía liberal propiamente dicha.
Los «cuatro dragones», como también fueron denominados popularmente estos países, suponían a comienzos de los noventa algo más de setenta millones de habitantes (63 entre Corea del Sur y Taiwán, que sólo tenía 20). La población urbana era entonces de un mínimo de dos tercios del total. El PIB por habitante iba de 6. 200 dólares anuales, en el caso de Corea del Sur, hasta los más de 12.000 de Singapur. Durante la década de los ochenta habían crecido siempre a un ritmo de más de un 7% anual pero en el caso de Corea del Sur el 10%; a comienzos de los noventa la tasa de crecimiento se mantenía sensiblemente parecida.
Todos estos países si por algo se caracterizaban en el terreno de la vida política era, sin duda, por un autoritarismo con pocas concesiones a la democracia, a pesar de su alineamiento en política exterior al lado de los Estados Unidos y, en general, del mundo occidental. Taiwan en 1949 recibió dos millones de personas del continente entre las que hubo que contar a 300.000 soldados. La ley marcial no fue abolida sino en 1987 y en el Parlamento perduraron los representantes elegidos en 1948 en la China continental hasta el momento de ir desapareciendo por muerte natural. Sólo en 1953 empezó el fuerte crecimiento económico. La muerte de Chiang Kaishek en 1975 no introdujo ninguna evolución democrática porque fue sustituido por su hijo, que mantuvo el autoritarismo: sólo al final de la Guerra fría se introdujo un régimen democrático propiamente dicho. En Hong Kong no existió ninguna legislación social hasta 1968 y sólo en los setenta hubo una sensible mejora de las condiciones de trabajo para los trabajadores. Su desarrollo industrial le llevó directamente a la tercera generación de la revolución industrial, a comienzos de los años noventa, con la industria electrónica. En su caso existió siempre un problema importante de política exterior y descolonización. En 1984 las autoridades británicas y las chinas llegaron a un acuerdo para que la colonia volviera en 1997 a la soberanía de China, sin introducir cambio alguno en los distintos regímenes económicos, políticos y sociales existentes. En 1992 Hong Kong invirtió ya 10.000 millones de dólares en la China Popular. Por su parte, compuesta por 59 islas, Singapur tiene una población que en un 62% es china y se ha convertido en una plaza financiera de primera importancia. Corea del Sur, paradójicamente con lo que había de ser su destino, fue en el pasado la zona menos desarrollada desde el punto de vista industrial de Corea. El crecimiento económico no tuvo lugar sino en la década de los sesenta con un deliberado sacrificio del consumo y con la voluntad manifiesta del Estado de proteger la exportación. Ya en los años ochenta se había convertido en uno de los diez países con mayor capacidad exportadora del mundo y estaba muy relacionada con la economía norteamericana y japonesa. Pero el autoritarismo duró hasta la fase final de la guerra fría.
Fuente:https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/3271.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1750 – Fin: Año 1775
Todos estos factores hicieron que a mediados del siglo XVIII la economía colonial llegara a convertirse en una de las más ricas y productivas del mundo.
Por lo demás, era notable el grado de autogobierno de que disfrutaban estas colonias y la fiscalidad que gravaba a sus habitantes era menor que la soportada por los propios ingleses. Pero tal bienestar general no sólo no evitó el conflicto con la metrópoli sino que provocó, indirectamente, el enfrentamiento con Londres. Por una parte, la sociedad colonial -una sociedad fronteriza- había evolucionado más rápidamente que la británica y era más igualitaria; aunque se sentían razonablemente contentos de pertenecer al Imperio británico y bebían en las fuentes ideológicas inglesas, en los años centrales del Siglo de las Luces, y más aún al reflexionar sobre su contribución a la victoria obtenida en la recién concluida Guerra de los Siete Años (1756-1763) -conocida por los norteamericanos como Guerras Indias-, aparecerá en los colonos un progresivo sentimiento de «americaneidad» no exento de criticas y descalificaciones hacia los ingleses.
Además, aunque la tendencia secular de la economía de las trece colonias de Norteamérica fue notablemente positiva y alcista, la coyuntura en los años inmediatamente posteriores a la guerra era de depresión; los privilegiados hombres de negocios ven mermar sus beneficios y el pueblo llano pierde su trabajo o sus pequeñas propiedades. Desde su perspectiva, el paraíso americano peligraba y muchos inmigrantes se creían abocados a una vida semejante a la que dejaron en la triste Europa. Esta es la razón por la cual aquéllos -la minoría privilegiada- contar con el apoyo de las masas en su enfrentamiento con la metrópoli.Por otro lado, la necesidad de hacer frente a los elevados gastos ocasionados por la contienda -que, para Londres, había favorecido principalmente a los colonos-, y las propias doctrinas político-económicas imperantes, llevaron a los gobiernos británicos desde 1763 a adoptar una serie de medidas fiscales que quebraron, definitivamente, el afecto de los habitantes de las colonias hacia la metrópoli; y muy especialmente el de quienes no eran oriundos de Inglaterra (que eran ya mayoría) o el de los británicos que habían sido llevados a la fuerza o habían llegado a América huyendo de la persecución política o religiosa. Se pasó, en quince años, de la disensión a la rebelión armada.Con todo, aunque sin olvidar la recesión económica de los años sesenta, entre las concausas de la Revolución burguesa americana hay más de temores de los gobernados ante un porvenir que creen que pondrá en peligro su actual prosperidad, que quejas contra una ya padecida experiencia de injusticias y privaciones.
Es mucho más la protesta de los privilegiados que el lamento de los oprimidos. Así, la mayoría de los líderes de la revuelta antibritánica pertenecía a clases bien acomodadas y no pretendieron en modo alguno subvertir un orden social en el que ya ocupaban, en las colonias, la cúspide: cuatro de cada cinco miembros de las asambleas locales en que se tomaron las decisiones que llevaron a la independencia pertenecían a la burguesía adinerada y a los terratenientes, aunque solamente el 10 por 100 de los colonos podría incluirse en dicha clase privilegiada.Y, desde luego, fueron las decisiones de los ministros de Jorge III, y en particular de George Grenville, encargado de reorganizar el mundo colonial en la posguerra, las que provocaron el rechazo de los, hasta entonces, pacíficos colonos; al pretender recuperar desde Londres el control político y económico de ultramar, los americanos creyeron que peligraban sus libertades y su prosperidad. Para los gobernantes ingleses era imprescindible tratar de equilibrar el presupuesto: la deuda nacional superaba los 136 millones de libras y de las 70.000 que costaba la administración y la defensa de las colonias en 1748, Londres había pasado a gastar más de 350.000 en 1763. Parte de esa enorme cifra -que debía mantenerse parcialmente por el peligro indio (el jefe Pontiac había atacado en 1763 muchos pueblos y asentamientos en la zona del Niágara y los Grandes Lagos) y ante un hipotético deseo francés de reconquista- debería salir, en opinión de muchos parlamentarios, ministros, comerciantes y contribuyentes ingleses, de las arcas de quienes más se habían beneficiado: los colonos. Éstos, además, debían comprar a los fabricantes ingleses los productos manufacturados con materias primas coloniales, según dictaban los cánones mercantilistas.
Fuente: https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2428.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1764 – Fin: Año 1770
El gabinete Grenville comenzó por elevar los derechos aduaneros de ciertos productos como el azúcar, vino, té, café y textiles (Sugar Act Ley de Azucar de abril de 1764)
… La reacción que suscitaron en América estas leyes –absolutamente habituales en la mayoría de los países europeos desde hacía siglos pero inaceptables para un pueblo educado en la tradición británica- fue un claro aviso de lo que podía llegar a suceder si Londres no rectificaba: hubo tumultos, agresiones a soldados y, mucho más significativo, se celebraron juntas de representantes de varios territorios para aunar esfuerzos en la primera muestra de colaboración intercolonial, cosa inconcebible años antes ya que las trece colonias británicas en Norteamérica había mantenido entre si una absoluta separación desde la fundación de cada una de ellas. Hasta esa década y durante siglo y medio, los habitantes de Maryland, New York, Pennsylvania, Virginia, Massachusetts, New Hampshire, Rhode Island, Connecticut, New Jersey, Delaware, North Carolina, South Carolina y Georgia no se habían sentido unidos en nada. En octubre de 1765 se unieron en Nueva York delegados de nueve de esas trece colonias para protestar por la Stamp Act, aunque aun en tono conciliatorio y sin dejar translucir un deseo de independencia o de desafío a la Corona.
Pese a las protestas de los colonos y a las advertencias de hombres como Benjamín Franklin (muy respetado en los círculos intelectuales y políticos ingleses y que vivió en Londres desde 1764 hasta 1775 e hizo las veces de portavoz de los colonos), el Gobierno y la clase política británica no cedieron y si bien es verdad que se derogó en febrero de 1766 la Stamp Act (contra la que también se habían alzado algunas voces inglesas en las Cámaras de los Comunes y de los Lores, como las de Edmund Burke o las del propio William Pitt), un mes después el Parlamento afirmaba, por la Declaratory Act, su plena soberanía sobre todas las colonias y su potestad para imponer tributos a sus habitantes. Al año siguiente serían gravados nuevos productos de importación (vidrio, plomo, papel, pinturas y té) por las leyes tributarias del ministro Townshend (Townshend Revenue Acts de junio y julio de 1767) y el clima general contra ellas provocó nuevas asambleas de protesta, artículos de prensa contra la política de Londres (entre los que destacaron las «Cartas de un granjero» que escribiera el rico propietario, y admirador de los ingleses, John Dickinson) e, incluso, el boicot de muchos colonos a los productos metropolitanos. La asamblea local de Massachusetts envió una circular a las otras colonias el 11 de febrero de 1768 para concitar esfuerzos contra estas medidas; y cuando parecía que dicho acto, claramente sedicioso, iba a pasar desapercibido, el gobernador real, azuzado por el secretario de asuntos americanos, lord Hillsborough, ordenó clausurar la Asamblea al negarse 92 de los 107 representantes a desdecirse de su alegato antibritánico.
Desde ese instante aquellos 92 «héroes de la libertad» serían aclamados en las otras colonias (en Virginia comienza a destacar la figura del coronel de milicias George Washington, por entonces diputado por el condado de Fairfax) y varias de sus asambleas fueron, asimismo, cerradas. La agitación antibritánica creció a la vez que se atisban ciertos deseos de mancomunar las acciones «americanas». A estas alturas, aunque aún no estaban rotos del todo los lazos que unían a la metrópoli con sus territorios ultramarinos, eran bastantes los colonos que habían visto erosionarse gravemente esos vínculos de afecto e interés, imprescindibles para el funcionamiento del pacto colonial. Y la siguiente chispa surgió, como en tantas ocasiones en la historia, de un fútil incidente entre paisanos «patriotas y soldados del rey», convenientemente magnificado por los partidarios de la ruptura.
Las disputas con los «casacas rojas» -soldados profesionales al servicio de Jorge III- menudeaban. Conviene recordar aquí que entre las clases populares y poco instruidas había menos odio o rechazo intelectual hacia lo que podían simbolizar esos mercenarios de su majestad como defensores del Imperio británico u opresores de la libertad que sentimientos de rivalidad en el mercado de trabajo: eran, ocasionalmente y en particular en coyunturas de crisis, competidores aventajados a la hora de encontrar ciertos empleos. Por ejemplo, se les contrataba fuera de las horas de servicio en el cuartel- como estibadores del puerto por su fortaleza física prefiriéndolos a algunos paisanos. Así se llega a la «Masacre de Boston» de 5 de marzo de 1770; ese día los soldados repelieron con balas una agresión de piedras y bolas de nieve y murieron cinco americanos (uno de ellos, por cierto, negro). Los articulistas y líderes más activos de la campana antibritánica lo exageraron; se había vertido la sangre de los primeros mártires y había que explotar propagandísticamente los hechos. Pese a ello, meses más tarde volvió la calma a América.
Fuente: https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2429.htm