por Luz | Jun 11, 2011 | Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1774 – Fin: Año 1775
El 27 de mayo de 1774 varios representantes de la Asamblea de Virginia, reunidos en Williamsburg, proponen la reunión de un Congreso de todas las colonias.
Este «Primer Congreso continental» estuvo reunido en Filadelfia entre el 5 de septiembre y el 22 de octubre de ese año y contó con la presencia de 55 delegados de todos los territorios, excepto de Georgia que, no obstante, apoyó las decisiones de los reunidos. Esa asamblea tenia entre sus miembros a templados hacendados deseosos de que Londres rectificase y no diese argumentos a los radicales pero también acudieron vehementes oradores que querían la ruptura con Inglaterra. Destacaron los siguientes: entre los conservadores, respetuosos a la Corona: John Jay y James Duane (de Nueva York) y Joseph Galloway (de Pennsylvania); de los moderados, movidos tanto por sentimientos de afecto como de critica hacia la actitud seguida por Inglaterra: George Wahington y Peyton Randolph (ambos de Virginia), John Dickinson (de Pennsylvania) y los hermanos Rutlege (de Carolina del Sur); y destacando en el bando de los radicales, dispuestos a llegar a la ruptura: John y Samuel Adams (de Massachusetts), Thomas Jefferson (de Virginia), Christopher Gadsden (de Carolina del Sur) y Richard Henry Lee y Patrick Henry (de Virginia). Y fueron estos últimos quienes lograron imponer las tesis más tajantes al conseguir que el Congreso apoyase las Resoluciones de Suffolk (condado de Massachusetts), que incitaban a los habitantes de esta colonia de Nueva Inglaterra a enfrentarse a las Leyes intolerables incluso recurriendo a las armas y actuando como un Estado libre hasta tanto Londres levantase las sanciones, y pedían al Congreso continental una declaración de apoyo y represalias económicas contra Gran Bretaña.
Al final se decidió que las colonias se negarían a importar, exportar o consumir ningún producto procedente o destinado a Gran Bretaña. Redactaron una Declaración de Derechos y Agravios destinada al pueblo británico y a los colonos, pero también enviaron una carta de peticiones al rey, inequívoca muestra de que los sentimientos eran aún confusos y las tesis independentistas todavía no se habían asentado definitivamente. Y se autoconvocaron para el mayo siguiente, a menos que sus quejas hubiesen sido atendidas convenientemente. Para velar, hasta la siguiente primavera, por el cumplimiento de las decisiones de embargo y boicot hacia los productos ingleses y para mantener en alerta a los colonos, los representantes en ese primer Congreso continental crearon The Association (La Asociación), una serie de juntas locales y piquetes que habían de fiscalizar el comportamiento de los pueblos. Esta medida, tan eficaz como discutible moralmente, acentuó la división entre los propios colonos y no fueron pocos los que empezaron ya a mostrarse menos partidarios de los patriotas que de la Corona (que tuvo, incluso durante la cercana Guerra de Independencia de los Estados Unidos, el apoyo de muchos habitantes de las colonias).En realidad, aunque empezaba a ser obvio para muchos contemporáneos, ingleses o colonos, que los vínculos entre la madre patria y sus territorios ultramarinos se habían debilitado tanto que casi habían desaparecido, bastantes de los asistentes a este Congreso continental creían todavía posible continuar unidos a Inglaterra y sostenían que sus protestas iban contra un Gobierno y un Parlamento equivocados y que les inferían intolerables ofensas al dictarles leyes e imponerles injustos tributos.
Fuente: https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2431.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Conflictos Belicos, Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1750 – Fin: Año 1775
Todo lo cual entraba en colisión frontal con los derechos naturales del hombre, por lo que el gobierno, al actuar así, devenía en tiránico e ilegítimo, según la doctrina ampliamente extendida entre los anglosajones cultos y popularizada en América gracias a figuras como James Otis, abogado de Massachusetts, y que enraizaba con las tesis roussonianas del contrato social (publicado en 1762), con claros antecedentes en la filosofía de John Lock (precursor del liberalismo moderno, muerto en 1704), y en sintonía con los postulados de Montesquieu. La humanidad posee determinados derechos fundamentales (a la vida, a la libertad, a la búsqueda de la felicidad, a la propiedad) y el gobierno, cuyo poder nace de un libre acuerdo reciproco con el pueblo, está obligado a protegerlos. Cuando el gobierno incumple este compromiso, «el pueblo tiene el derecho e incluso el deber de alterarlo o abolirlo e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad», según dejaron escrito los 56 padres fundadores, firmantes de la Declaracion de Independencia del 4 de julio de 1776.
Los norteamericanos fueron, en este sentido, aventajados discípulos de los políticos radicales ingleses, pero llegaron más lejos en su afán por buscar una sociedad más libre y justa, en la que los derechos naturales inherentes a la condición humana estuviesen plenamente a salvo de cualquier poder. Y debe notarse que en esta lucha por la independencia sería realmente el Parlamento, que no el rey de Londres, el poder que actuaba como tirano a ojos de los colonos. Por ejemplo, frente a la exigencia del pago de ciertos impuestos que ellos no habían votado, replicaban: «impuesto sin representación es tiranía», feliz frase de James Otis pronunciada durante la campaña contra la Stamp Act y que se convirtió en el lema de muchísimos habitantes de las trece colonias desde aquella primavera de 1765.Uno de los argumentos esenciales de los tratadistas y de los políticos norteamericanos Benjamin Franklin, James Wilson, Thomas Jefferson, John Adams- expuestos en periódicos (Novanglus) o en libros (Consideraciones sobre la autoridad del Parlamento) era que habían de ser las asambleas legislativas de cada una de las colonias y no el Parlamento de Londres, al que no acudía ningún representante elegido por los colonos, quienes tuvieran la potestad de dirigir, legislar e imponer tributos.
Las Cámaras británicas no tenían autoridad alguna sobre las colonias. Éstas debían, eso sí, respeto y aun obediencia al soberano, aceptando la política exterior seguida por él; en esta curiosa teoría antiparlamento se llegaba a aceptar que los colonos acudiesen a la guerra en nombre de su majestad británica, pero se rechazaba la pretensión de los miembros de las Cámaras de los Comunes y de los Lores de imponer sus decisiones a los súbditos norte-americanos del Imperio británico. Ellos tenían sus propias asambleas, y en cada una de ellas, por separado, radicaba la soberanía.De hecho, aunque en la Declaración de Independencia se acumulan las acusaciones contra Jorge III («la historia del presente rey de la Gran Bretaña es una historia de repetidas injurias y usurpaciones, destinadas todas a establecer una tiranía absoluta sobre estos Estados») y no contra el Parlamento, debe verse como una hábil y política maniobra de los patriotas más radicales que querían erosionar el fuerte sentimiento de lealtad hacia la Corona británica, mayoritariamente experimentado por los norteamericanos hasta las vísperas de la Independencia.
Aunque hay que decir que en el verano de 1776, cuando se firma ese trascendental documento, han cambiado notablemente las circunstancias y se ha acelerado el ritmo de la historia en el norte de América en tan sólo unos meses: muchos colonos ya han leído con avidez un panfleto publicado en enero por un inglés recién llegado a América, Thomas Paine, titulado Common Sense (Sentido común), que ha extendido vertiginosamente por las trece colonias unos postulados violentamente antibritánicos y antimonárquicos. Con un lenguaje directo y vehemente, Paine ganó para la causa de la Independencia a muchos indecisos; la monarquía es una forma ridícula de gobierno, la aristocracia es una carga inútil, la separación de Inglaterra beneficiará al comercio norteamericano al abrirle los mercados de todo el mundo, América debe desentenderse de las guerras en Europa… Y frente a unos súbditos esclavizados por la «real bestia de su majestad británica», los habitantes de la República de los Estados Libres e Independientes de América, cuyo «padre patria» no era Inglaterra sino Europa, anunciaban el nacimiento de un nuevo mundo. (Esta apelación a todos los amantes de las libertades civiles y religiosas que habían encontrado asilo en América viniendo desde cualquier parte de Europa, y no solamente de Inglaterra, decantó a muchos colonos de ascendencia alemana, francesa y holandesa hacia las filas de los insurgentes.)
https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2432.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1775 – Fin: Año 1776
A pesar de que, formalmente, la guerra contra la metrópoli se declaró en julio de 1776, desde quince meses antes, desde abril de 1775, las hostilidades estaban abiertas.
Los primeros disparos y los primeros mártires de la contienda antibritánica -que también fue la primera guerra civil en Norteamérica, puesto que fueron muchos los colonos que permanecieron leales a Jorge III y le sirvieron en sus filas contra los rebeldes- se produjeron en un pequeño escenario situado, como no podía ser de otra forma, en las cercanías del puerto de Boston. Lexington, a mitad de los 30 kilómetros que separaban la capital de Massachusetts y el pueblo de Concord, será la primera batalla (o escaramuza, para ser más rigurosos) de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. En Concord, «los campesinos en pie de guerra dispararon el tiro que se oyó en todo el mundo», según el poema de Emerson que magnifica para el pueblo americano los primeros lances de su historia como país libre. Y en Bunker Hill, a las afueras de Boston, casacas rojas y patriotas dirimirán el tercer asalto y el más sangriento- de una guerra que concluirá en 1783, en Versalles, con el reconocimiento de la Independencia de los Estados Unidos de América por Gran Bretaña.
Las dos primeras acciones tuvieron lugar el 19 de abril (antes de la reunión en Filadelfia, el 10 de mayo, del segundo Congreso continental), y la sangría de Bunker Hill sucedió el 17 de junio de ese año 1775, dos días después de que los asistentes al Congreso nombrasen a George Washington comandante en jefe del Ejército continental (cargo que asumió a primeros de julio, por lo que no asistió, naturalmente, a ninguna de las primeras acciones de la guerra). Y doce meses antes de la Declaracion de Independencia. El general Gage, en cumplimiento de las Coercive Acts, envió una columna de 700 soldados hacia la aldea de Concord porque sabía fehacientemente que allí ocultaban armas y pertrechos militares los hombres de Samuel Adams y tenían apoyos los recién fundados «minutemen», voluntarios patriotas dispuestos a acudir en un minuto a donde se les necesitase para enfrentarse a los ingleses. En su camino se tropezaron con medio centenar de norteamericanos que trataban de hacerles frente en el pequeño pueblo de Lexington; allí murieron, el día 19 de abril, los primeros ocho combatientes patriotas en tanto que sus compañeros se retiraban precipitadamente.
El destacamento inglés continuó hacia su destino y, en Concord, destruyó lo poco que quedaba de los almacenes rebeldes, que habían sido oportunamente vaciados por unos bien informados patriotas. Pero será a la hora de regresar a Boston, durante la llamada «retirada de Concord», cuando se produzca el calvario de los casacas rojas enviados por Gage a lo que se suponía una mera acción de policía. Desde todos los lugares, parapetados tras los árboles o las cercas y contando con sus buenos rifles de ánima rayada (lentos de carga en las batallas campales, pero muy precisos a larga distancia), los granjeros y milicianos disparaban contra los buenos blancos que presentaban los vistosos uniformes de la infantería de su majestad británica. Cien ingleses muertos y 150 heridos sobre un total de 700 hombres fue el duro balance de esta operación sobre Concord. Animó, además, a los habitantes de Massachusetts, que se prepararon para recuperar la ciudad de Boston, además de proyectar operaciones sobre el interior del territorio en busca de armas pesadas, hasta entonces controladas por el ejército real en fuertes como el de Ticonderoga, ocupado por sorpresa por los rebeldes de Massachusetts el 10 de mayo, el mismo día en que se abrieron en Filadelfia, capital de Pennsylvania, las sesiones del segundo Congreso continental (Filadelfia, 10 de mayo de 1775)
.Una de las primeras preocupaciones de los asistentes era, desde luego, estudiar el conflicto abierto entre las tropas reales y las milicias de la colonia de Massachusetts. Aunque hombres de la talla de Franklin, Jefferson o John Adams postulaban ya, sin tapujos, la independencia y en consecuencia querían apoyar militarmente a los rebeldes de Nueva Inglaterra, todavía se intentó por los moderados tender un puente hacia el entendimiento con Londres. Ahora bien, mientras tanto esto sucediera, el Congreso decidió crear un Ejército continental (14 de junio) a partir de las milicias que sitiaban en esos momentos Boston. Inteligentemente propuso John Adams al rico virginiano George Washington -nada radical en sus ideas, tenido por un hombre honesto y caballeroso y representante de una de las grandes colonias del Sur- para el mando supremo de esas tropas que trataban de ser el esqueleto de las fuerzas armadas de todas las colonias unidas. La experiencia militar del futuro símbolo de los Estados Unidos no pasaba de ser discreta: había combatido en algunas acciones contra los franceses en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), pero su nombramiento alejaba las sospechas que pudieran sentir algunos indecisos y templados colonos de las clases acomodadas acerca de la radicalización del movimiento, a la vez que se evitaban las posibles suspicacias haciendo ver a las demás colonias que Massachusetts no monopolizaba el proceso antibritánico, poniendo incluso sus milicias bajo el mando de un virginiano.
Casi en los mismos momentos, pero a 450 kilómetros, los que habían de servir unos días más tarde bajo las órdenes de Washington, estaban empeñados en una feroz batalla en los alrededores de Boston, en una colina llamada Bunker Hill. Defendiendo esta estratégica posición al norte del puerto había 1.500 patriotas; frente a ellos el comandante en jefe británico Gage envió al general William Howe con 2.400 de sus soldados profesionales a que desalojaran a los norteamericanos de esas fortificadas alturas. Y lo hicieron al modo tradicional en que combatían los ejércitos regulares en el siglo XVIII: en apretadas líneas, al redoble del tambor y marcando el paso, uniformados impecablemente, tratando de alcanzar, en la cima de la colina, a los rebeldes que disparaban desde las troneras. Hasta tres ataques hubo de ordenar el apesadumbrado Howe. Pero al fin sus disciplinadas tropas consiguieron poner en fuga a los enemigos, a quienes empezaron a escasear las municiones. No hubo un claro vencedor porque si bien el terreno fue ocupado por los ingleses, sus pérdidas fueron dramáticas -1.054 muertos o heridos de los 2.400 participantes- y los norteamericanos, además, hicieron circular su versión de los hechos, que no era otra sino que se habían retirado simplemente por la falta de munición, que no por el empuje de los casacas rojas.
Los mandos británicos constataron, por otro lado, que sería un error despreciar la capacidad militar de los rebeldes, quienes «habían mostrado una conducta y un espíritu contra nosotros (son palabras del general Gage) que nunca pusieron de manifiesto contra los franceses». Otra consecuencia de esta batalla de Bunker Hill de 17 de junio de 1775 fue el relevo en la cúspide de los Reales Ejércitos de su majestad: Howe sustituyó a Gage.El Congreso continental se va a debatir en los meses siguientes en una extraña situación; por un lado pone en marcha un gran esfuerzo de captación y organización de hombres y materiales para hacer la guerra a los ingleses -incluyendo la puesta en circulación de papel moneda, la creación de una Armada (octubre de 1775) y un Cuerpo de Infantería de Marina (noviembre de 1775) que se sumaban al Ejército continental fundado en el mes de junio anterior-, e iniciaba campañas bélicas contra territorios alejados de las trece colonias como Quebec o las Bahamas, pero, por otro lado, no se decidía a declarar la independencia. (Washington y sus oficiales brindaban aún, ceremoniosamente, en honor de Jorge III en enero de 1776 y varias asambleas coloniales las de Nueva York, Pennsylvania, Carolina del Norte, Maryland y Nueva Jersey- votaban contra la independencia en noviembre y diciembre de 1775.)Tan paradójica situación cambió desde los primeros meses del año 1776. En primer lugar, ni el rey, ni el Gobierno, ni el Parlamento británicos estaban dispuestos, por prestigio, a ceder; animados, por otro lado, por la seguridad internacionalmente compartida- de que sus tropas y navíos derrotarían fácil y prontamente a unos insurgentes desavenidos, mal preparados y con problemas económicos si se bloqueaban sus costas por la Royal Navy, se dispusieron a aceptar el reto.
El 22 de diciembre de 1775 se promulgó la Prohibitory Act (Ley de Prohibición) que decretaba el embargo de los bienes norteamericanos, el secuestro de sus barcos y la suspensión total de cualquier trato comercial con las colonias. Y en segundo lugar, los panfletos políticos más radicales -especialmente el difundidísimo Common Sense de Thomas Paine- y las manipuladas versiones que se daban en los periódicos acerca de los atropellos de los casacas rojas sobre los pobres y desarmados granjeros en Concord y Lexington, o de los brillantes éxitos de los patriotas en Bunker Hill, aparte de victorias auténticas como la que significó la retirada de los ingleses de Boston en marzo de 1766, iban decantando hacia la ruptura definitiva a un considerable número de colonos. Aunque no debe olvidarse que tampoco escasearon entre los habitantes de las trece colonias los que permanecieron fieles a la Corona británica durante toda la contienda. Lugares hubo, como Nueva York, que dieron más hombres a los ejércitos de Jorge III que al de Washington. Cerca de 30.000 colonos se alistaron para luchar contra los rebeldes. Y en muchísimas familias se dividieron, como en toda guerra civil, los sentimientos. Hoy está claro para los historiadores que la división de los americanos ante la independencia fue grande; como también lo está el que hubo realistas entre las clases bajas tanto como en las acomodadas. Y no menos de 80.000 norteamericanos hubieron de exiliarse en Canadá, en Inglaterra o en otros lugares tras la victoria de los independentistas. (Tampoco hubo unanimidad entre los ingleses; los hubo que estuvieron en contra de la guerra.)
Desde que se conoció la Prohibitory Act, en enero de 1776, las tensiones entre los partidarios de la negociación y los declarados por la independencia fueron en aumento para, finalmente, vencer las posiciones más radicales. El Congreso acabó por ordenar a las colonias que abriesen sus puertos a todos los países del mundo excepto Inglaterra (6 de abril), que formasen gobiernos independientes en cada colonia actuando como Estados libres (10 de mayo), envió un representante a París para solicitar ayuda de Francia (3 de marzo) y, desde el 7 de junio hasta el 2 de julio, se discutió acaloradamente sobre la oportunidad y legitimidad de proclamar la independencia. Y, en fin, decidieron comisionar a Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams y otros dos representantes para que preparasen el borrador de una declaración de los motivos que les llevaban a romper sus lazos con la Gran Bretaña.
https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2433.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Conflictos Belicos, Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1776 – Fin: Año 1776
La Declaración de independencia de los Estados Unidos de América del Norte, redactada por Jefferson y con claras influencias de Locke y de Rousseau y en la línea de la filosofía del derecho natural, fue firmada entre el 2 y el 4 de julio de 1776 por 56 miembros del Congreso Continental reunido en Filadelfia desde el año anterior.
En ella, aparte de las acusaciones vertidas contra el rey Jorge III y su Gobierno, que significan la mayor parte del documento, se consigna uno de los principios más revolucionarios jamás escrito anteriormente: «todos los hombres han sido creados iguales». Y estos hombres «recibieron de su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; así, para asegurar esos derechos, se han instituido los gobiernos entre los hombres, derivándose sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; de tal manera que si cualquier forma de gobierno se hace destructiva para esos, fines es un derecho del pueblo alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno, basando su formación en tales principios, y organizando sus poderes de la mejor forma que a su juicio pueda lograr su seguridad y felicidad».
La Declaración concluía así: «Nosotros, representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso general, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en el nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas colonias, declaramos y publicamos solemnemente que estas colonias unidas son y han de ser Estados libres e independientes; que han sido rotos todos los lazos con la Corona británica y que cualquier conexión política entre ellas y el Estado de Gran Bretaña es, y debe ser considerado, totalmente disuelto; y que, como Estados libres e independientes; tienen todo el poder para declarar la guerra, concluir la paz, concertar alianzas, establecer lazos comerciales, y llevar a cabo cualquier otro acto que los Estados independientes pueden realizar. Y para apoyar esta declaración, con la firme confianza en la protección de la Divina Providencia, nosotros empeñamos nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor».
https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2434.htm
por Luz | Jun 11, 2011 | Conflictos Belicos, Guerra de Independencia, Historia de Estados Unidos, Sociales
Inicio: Año 1775 – Fin: Año 1777
En los primeros momentos, tanto en Gran Bretaña como en el resto de los países europeos, la inmensa mayoría de los que tenían noticias de la rebelión de los colonos de América del Norte creía que la victoria de las armas del rey Jorge III sobre sus desleales vasallos iba a ser cuestión de poco tiempo.
Pocos dudaban de que la superioridad de los marinos de la Royal Navy y los soldados profesionales destacados en las trece colonias y en Canadá bastaría para dar un fácil escarmiento a unos inexpertos, mal armados y desorganizados milicianos. Y una precipitada visión del problema puede, incluso hoy, llevar al error de pensar que, en efecto, la victoria de los norteamericanos en la Guerra de Independencia (que ellos llaman muchas veces Guerra de la Revolución) fue sorprendente porque la desproporción era notable entre las fuerzas de ambos contendientes en 1776.
Es cierto que la profesionalidad de los soldados y los marinos de su majestad británica permitía a sus oficiales exigirles esfuerzos con frecuencia inhumanos, en tanto que Washington tenía serias dificultades para que sus hombres aceptasen una mínima disciplina militar; no hay duda de que una Marina Real como la inglesa dominaba los mares de todo el mundo y podía, en consecuencia, transportar a sus soldados y dificultar grandemente el tráfico comercial de los rebeldes, frente a unos cuantos barcos con los que los independentistas apenas podían hacer otra cosa que aisladas acciones; es evidente que la mayoría de los oficiales de los casacas rojas tenían experiencia militar, lo que no sucedía con casi ningún mando rebelde; todos sabemos que la población de las islas británicas era varias veces superior a la de las colonias sublevadas (y en las que, además, no había unanimidad a la hora de levantarse contra el rey); y, por fin, el potencial económico y la riqueza industrial de Inglaterra la hacía destacar mucho por encima de su enemiga norteamericana.
Pero hay otros factores fundamentales que deben plantearse para entender mejor la lógica de la victoria de los insurgentes en 1776.En primer lugar, las 3.000 millas náuticas que separaban el teatro de operaciones de la metrópoli, lo que suponía que el viaje hecho en condiciones más favorables nunca duraba menos de un mes, y eso sucedía en pocas ocasiones, siendo lo más corriente que el gabinete del primer ministro, lord North (con su secretario de Colonias, lord George Germain, como principal responsable de la política militar en América) necesitase dos meses para enviar hombres, pertrechos e instrucciones a sus generales.
En segundo lugar, el elevadísimo coste de esta guerra para las arcas del tesoro británico, aún no repuestas de los gastos originados quince años atrás en el otro conflicto americano (la Guerra de los Siete Años, 1756-1763) y que, como estamos viendo, había condicionado la política fiscal aplicada por Londres en América en los diez años anteriores a la rebelión de los habitantes de las trece colonias, y era, a la larga, responsable de la ruptura del pacto colonial y de la aparición de una sensibilidad antibritánica, factores clave en el nacimiento de un sentimiento de americanismo. «No sólo no nos beneficia nuestra vinculación con la madre patria, sino que nos perjudica. Se nos requiere nada más que para contribuir, con nuestra sangre o nuestros impuestos, a la grandeza de unos lejanos ingleses que ni siquiera nos permiten tener representantes en las Cámaras que deciden quiénes, cuánto y para qué hay que pagar tributos. Cambiemos nuestra fidelidad a Gran Bretaña por la devoción a América». En tercer lugar, el tipo de guerra al que se ven enfrentados los generales y los soldados del rey Jorge III es totalmente distinto al que se hacía hasta entonces entre los ejércitos dieciochescos europeos. La misma extensión del teatro principal de operaciones -toda la América atlántica- era una dificultad añadida; los ingleses no contaban con hombres suficientes para ocupar tantos objetivos cruciales y mantener abiertas las líneas de comunicación.
El comandante en jefe del Ejército continental, Washington, resumió así la situación: «…la posesión de las ciudades, mientras nosotros tenemos un ejército en el campo, no les sirve de mucho. Es a nuestro ejército, no a ciudades indefensas a quienes tienen que dominar…» Por eso se ha dicho que los estrategas ingleses no llegaron a captar el problema y se limitaron, a lo largo de la contienda, a controlar los principales puertos de la costa atlántica norteamericana, desaprovechando en varias ocasiones la oportunidad de aniquilar al exiguo, pero vivo, ejército continental de los rebeldes. En muchos aspectos, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos significa el comienzo de una manera de entender los conflictos bélicos de un modo radicalmente diferente a como se venía haciendo desde cientos de años atrás; y anuncia, con un tercio de siglo de antelación, lo que sucederá en España entre 1808 y 1814.Porque son varias las semejanzas que se dan entre ambas guerras de independencia. Ejército reglar poderoso que se ve incapaz de destruir la capacidad militar de una guerrilla y que no domina sino las tierras que ocupan sus guarniciones. Patriotas organizados por un líder carismático en partidas móviles, conocedoras del paisaje y de los lugareños, que cuentan con la ayuda de los pueblos, sea ésta voluntaria u obtenida por la coacción, la amenaza o la violencia. Presencia de un cuerpo expedicionario aliado compuesto por extranjeros que habían sido hasta la víspera enemigos de los ahora independentistas y sus opresores.
Combinación de tres conflictos: guerra civil entre los partidarios de la legalidad y quienes inician un proceso de ruptura con el pasado; guerra internacional entre dos grandes potencias rivales en la política y la economía, y guerra «revolucionaria» marcada por el ardor de una de las facciones, cuyos combatientes están imbuidos de muy fuertes (casi desconocidos hasta entonces) principios político-ideológicos. Y debilidad «constitucional» en el bando de los patriotas, que han de crear una estructura política nueva, un Estado nuevo, al mismo tiempo que ganan su guerra de liberación. Entre 1808 y 1814 los españoles «patriotas» luchaban desde las filas de la guerrilla o del nuevo ejército que acababan de crear los diputados de las Cortes de Cádiz, y con la ayuda del ejército de Wellington, contra los afrancesados y el ejército francés, de quien habíamos sido aliados en la lucha contra Gran Bretaña hasta poco antes. Desde 1776 hasta 1783, otros patriotas, los norteamericanos, se habían enfrentado a los tories (los colonos fieles al rey Jorge III) y los ejércitos británicos (que también contaban, como los de Napoleón en España, con mercenarios de otros países), desde las milicias o encuadrados en las filas del nuevo ejército creado por los representantes del segundo Congreso continental, y contaban con el apoyo de los ejércitos borbónicos, enemigos hasta hacía muy poco tanto de los colonos como de los ingleses.
Así, pues, lo que la mayoría de los contemporáneos pensó que se había de reducir a una operación de policía en la que un alarde de fuerza de los ingleses y un escarmiento a los bostonianos daría al traste con los absurdos deseos de los colonos más vehementes, duró siete años y significó, a la larga, la peor derrota de la historia del Imperio británico. Un apego tan fuerte hacia una ideología política como el que motivaba a los combatientes norteamericanos no se había dado entre los soldados con quienes se habían tenido que enfrentar las disciplinadas, experimentadas y eficaces, pero inmotivadas, tropas inglesas. Como en el resto de los ejércitos europeos, quienes nutrían las filas de los regimientos de Jorge III lo hacían por dinero o por vocación; nunca por defender un principio, una causa política. Por el contrario, la mayoría de los soldados americanos acudían voluntariamente al ejército continental y creían en aquello por lo que se exponían a sufrir penalidades o a perder la vida. (Aunque los hubo, también, que acudieron en busca de la masita de enganche; alguno fue, incluso, reclutado a la fuerza. Pero son casos infrecuentes.) Los propios aliados franceses se sorprendían al comprobar la fuerte motivación que acompañaba a los soldados regulares norteamericanos al combate. Precisamente este ardor, y los éxitos de los primeros momentos (como la batalla de Bunker Hill o la retirada de los ingleses de Boston), hizo exagerar a los colonos sublevados su propia autovaloración; llevaron demasiado lejos esa fe en sus propias posibilidades y creyeron que, con pocos esfuerzos, podrían derrotar a los casacas rojas. No fue la menor de las tareas de Washington la de tratar de disciplinar a sus hombres, haciéndoles comprender que la perseverancia, la disciplina y el sacrificio continuado -aparte del dinero- son imprescindibles para ganar la guerra. Porque en realidad los rebeldes no acababan de aceptar la idea de ejército regular. Preferían hacer la guerra por su cuenta, en las milicias (equivalentes a las guerrillas en la Guerra de la Independencia de los españoles contra los franceses en 1808-1814), a las que acudían cuando querían, escogiendo a sus jefes (generalmente conocidos líderes locales), y que dejaban, asimismo, cuando les apetecía, para volver a sus casas y trabajos.
Todo esto, y la falta de un auténtico poder central que venía motivada por la compleja situación política del Congreso continental (que proponía, sugería, aconsejaba; pero no dictaba órdenes porque cada una de las antiguas colonias actuaban como Estados independientes), hacía muy difícil a George Washington conducir las operaciones militares. Por de pronto, el número de sus soldados era exiguo: nunca hubo más de 25.000 continentales a disposición del comandante supremo, y la mayor parte de las ocasiones eran menos de 10.000. Para obviar este problema, muchos patriotas pedían al general Washington que hiciese una guerra de guerrillas, coordinando las milicias que gustaban tanto a los norteamericanos como les disgustaba el ejército regular. Pero él siempre se negó. Y sus razones, que al cabo de los años demostraron a los escépticos quién estaba acertado, eran políticas. Washington consideró al ejército continental como un símbolo de la causa americana, y no tan sólo un conjunto de combatientes. Mientras sobreviviese ese ejército, seguiría viva la causa. Y tendrían credibilidad ante el mundo, del que dependían los préstamos, que no entendería del mismo modo las razones norteamericanas si fuesen simplemente defendidas por partidas irregulares, fácilmente confundibles por las monarquías europeas con simples manifestaciones de bandolerismo, fenómeno éste endémico en muchas latitudes durante los siglos modernos. Y despreciado por todas las autoridades.
https://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2435.htm